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Existe evidencia de que proyectos como PhotoVisión requieren una infraestructura comercial. En la medida en que muchos de sus contenidos iniciales eran minoritarios, solo cabe preguntarse acerca de las estrategias de supervivencia diseñadas por los gestores de la revista. Desde luego, en un nivel más simple, la filosofía del equipo fundador nos recuerda aquellas palabras que Chema Madoz dedicó a una de sus magníficas series: «[…] estas fotografías tejen una red imaginaria donde las formas se relacionan utilizando una lógica interna cercana al jeroglífico visual. Se convierten así en un juego de espejos que nos devuelve la imagen de un laberinto de relaciones tergiversadas, en el que la fragilidad de nuestra percepción sirve de crisol a nuestras obsesiones» (Miradas y visiones, catálogo de la exposición organizada por la Dirección General de Patrimonio Cultural de la Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1994). De más está decirlo: cuando Madoz dejó escrito lo anterior, no pensaba en PhotoVisión y, sin embargo, sus frases resultan idóneas para definir la excentricidad de dicha publicación.
El disentimiento de la norma establecida indujo otro deseo en el equipo rector: el de publicar su revista sin necesidad de ingresos publicitarios. De hecho, el primer número carecía por completo de firmas anunciantes. Esta suprema celebración del elitismo no duró mucho. A falta de otras fuentes financieras más vigorosas y permanentes, se hizo indispensable recurrir a la publicidad. No obstante, PhotoVisión hizo de la necesidad virtud. De ahí que sus páginas comerciales, bien cuidadas en lo estético, fueran tan moderadas en número. Había razones para proceder así: ya se sabe que la mercadotecnia exige ese proceso tan complejo que llaman segmentación de audiencias. O dicho más llanamente: la selección de un lector-modelo a quien se ofrecen novedades específicas ceñidas a su perfil y a sus gustos.
Teniendo en cuenta lo antedicho, casi es posible describir a los lectores de la revista a través de los anuncios publicados en ella. Por ejemplo, hallamos avisos de la revista de arte Lápiz (n.º 10, enero-marzo de 1984), y también de otras empresas,
actos e instituciones de prestigio, como la fotogalería Forum (n.º 11, marzo-junio de 1984), Teknocrom (n.º 17, octubre-diciembre de 1985) y las Jornadas Internacionales de la Imagen Bilera 87 (n.º 17, octubre-diciembre de 1985). Tan poco y a la vez tanto: el examen de conjunto revela que
este fue un medio alejado de trivialidades.
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