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Referencias extranjeras
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El tópico, con sus filtros coloreados, tiene la virtud de resumir una impresión. Es muy probable que el cliché más reiterado en torno a Nueva Lente —su carácter provocador— tenga un fondo indiscutible. Pero los matices se vuelven muy necesarios al hablar de un fenómeno tan complejo como el de la rebeldía estética. Al fin y al cabo, pertenecer a la vanguardia no implica forzosamente ir por delante. De hecho, la modernidad es un rasgo que la historia se encarga de apartar. Con la calma que precisa un buen análisis, Marie-Loup Sougez recuerda que la revista tuvo el saludable papel de revulsivo. Además del lema todo vale, la historiadora subraya el estrecho vínculo que unió a la publicación con los jóvenes. «La foto es un trampolín de expresión —señala—, en el sentido de que es un instrumento de expresión más entre otras técnicas». De ahí que se produzca la «integración de la fotografía en las artes plásticas o de las artes plásticas en la fotografía, pero en menor grado». A su modo de ver, un repaso a las revistas extranjeras del gremio permite comprobar que, a lo largo del mismo periodo, «no hay ninguna que tenga este sello que tenía Nueva Lente».

Coincide con esa opinión Enric Mira Pastor, autor de La vanguardia fotográfica de los años setenta en España (Diputación Provincial de Alicante, Instituto de Cultura Juan Gil Albert, 1991). En su opinión, Nueva Lente fue muy receptiva frente a las nuevas corrientes vanguardistas: mostró un claro afán por abrirse a todas las opciones creativas del lenguaje fotográfico y además tendió puentes con otros lenguajes artísticos.

Las referencias extranjeras, con sus cualidades particulares, ayudan a poner en perspectiva lo dicho hasta el momento. Así, uno de los autores que gozaron de las simpatías de Nueva Lente fue el francés Bernard Plossu (1945), cultivador del absurdo, descrito del siguiente modo por Jean-Claude Gautrand: «Su curiosidad de niño grande le permite descubrir inmediatamente lo insólito o lo cómico de cualquier pequeño detalle». Nacido en Dalat, Vietnam del Sur, Plossu descubrió la fotografía en su adolescencia manejando una cámara Brownie Flash sobre las arenas del Sahara. Tras desplazarse en 1965 a México, decidió que el vagabundeo era una de las razones de su arte. Ese afán condujo sus pasos hasta Nuevo México (1977-1985) y más tarde le llevó a Andalucía (1989-1992). Entre sus ediciones fotográficas, podemos citar Surbanalisme (1972), New Mexico Revisited (1983), Les paysages intermediaires (1988), The Garden of Dust (1989), Le Voyage Mexicain (1990), L’archipel de Riou (1992), L’Europe du Sud contemporaine (2000) y Screens (2003). El repaso de cualquiera de esos ciclos nos llevaría a coincidir con Carlos Serrano, en cuya opinión Plossu es un «fotógrafo viviente» que invita a «ver con aquella intensidad que se encuentra al borde mismo de las lágrimas» (n.º 85, mayo de 1979).

Un semejante interés despertó entre los lectores el número monográfico dedicado a Duane Michals. Filósofo, poeta y fotógrafo —no necesariamente por este orden—, Michals (McKeesport, Pensilvania, 1932) luce con orgullo el distintivo surrealista desde sus tiempos de estudiante en la Universidad de Denver y en las aulas de la Parsons School of Design. Fiel admirador de Magritte y Balthus, diseñó una serie de secuencias de innegable vocación plástica. Con todo, él mismo decía en Nueva Lente que su interés en cada secuencia no reside en el soporte formal, sino más bien en el vehículo que aquél representa para expresar sus ideas (n.º 17-18, julio-agosto de 1973).

La metamorfosis de imágenes vanguardistas en clásicos de referencia, es decir, en modelos que pierden su novedad y nos devuelven su reflejo desde el pasado, enlaza con un asunto que venimos abordando en otros puntos de este recorrido virtual. «La Fotografía —escribe Roland Barthes— no rememora el pasado (no hay nada de proustiano en una foto). El efecto que produce en mí no es la restitución de lo abolido (por el tiempo, por la distancia), sino el testimonio de que lo que veo ha sido». Estas palabras describen nuestra impresión al analizar hoy las fotografías de Christian Von Albensleven. Calibrando la sorpresa, Pablo Pérez Mínguez advertía en Nueva Lente que las fotografías de dicho autor «habían sido rechazadas por varias revistas de fotografía europeas». Difícilmente podría comprenderse hoy el porqué de tal decisión. De hecho, hay algo de mirada afligida en el bailarín japonés MitsutakaIshii, protagonista de esta serie fotográfica e intérprete de una curiosa danza de la vida y la muerte (n.º 34, diciembre de 1974).

Aún más añeja, si cabe, es la impresión que causan en la actualidad las placas de David Hamilton (Londres, 1933). Veterano de publicaciones como Vogue, Realites, Twen, Play boy y Oui, Hamilton embelleció sus creaciones con tonos pastel, veladuras y detalles decimonónicos. Sin duda, las figuras del fotógrafo inglés, difuminadas tras los brillos de la luz natural, probablemente representen la antítesis de la modernidad defendida por la revista en aquellos días. Solo eso explica esta amigable pero recatada presentación de Jorge Rueda: «Aunque supongo se nota que Hamilton no es santo de la loca devoción de Nueva Lente, supongo que también se nota la ampliación de mis criterios selectivos a la hora de publicar trabajos que no siempre se ajustan a los presupuestos de la revista, pero que reflejan y difunden algo que, significativamente, se hace en el mundo» (n.º 45, noviembre de 1975).

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