Como responsable de Nueva Lente, seguramente recordará las circunstancias en que salieron a la calle los primeros ejemplares de la revista. ¿Podría resumirnos esa etapa inaugural?
Por aquellos tiempos, las predicciones venían siendo algo contradictorias. Los medios de comunicación —escasos, espesos, oscuros y monótonos— susurraban mensajes que el público no acertaba a interpretar. La elección de colores, ropas, actitudes y hábitos de ocio, así como la (en otro tiempo) saludable práctica de excesos o de crímenes eran cuestiones abocadas a un húmedo desconcierto. Finalmente y pese, como digo, a lo contradictorio de las partes por aquellos días, creo recordar que hacía un sol espléndido.
¿Qué objetivos les animaron a embarcarse en un proyecto editorial de tales características?
El mío, como de costumbre, era divertirme. He sido siempre un tanto exigente con mis diversiones.
¿Hubo algún tipo de riesgo a la hora de lanzar este nuevo producto?
Prácticamente ninguno. Como es sabido en estos casos, el malentendido está garantizado tanto o más que las adhesiones.
¿Y más adelante? ¿Con qué dificultades se topó Nueva Lente en su desarrollo posterior?
Ninguna que no quepa en el apartado «Madrid, años 70/80». El tráfico era muy fluido.
¿Por qué decidieron llamar de ese modo a la revista?
Supe de ese espantoso nombre cuando ya estaba en marcha el número cero. Para deducirlo, no hay que poner más imaginación de la que debieron de poner para encontrarlo. Creo que el adjetivo se refiere a la tendencia y el sustantivo al ámbito.
¿Cuáles eran los valores que defendía la línea editorial?
Se trata de algo tan sencillo que no me atrevería a intentarlo en menos de cien folios.
¿Por qué criterios se guiaron para seleccionar el material publicable?
Fuimos absolutamente radicales: lo que nos daba la gana. El lado ético lo era todo: respondía a nuestra formación, a nuestro criterio.
En este caso, ¿era el texto lo que acompañaba a la imagen o sucedía a la inversa?
Pregúntenle a ellos.
¿Qué acogida les dispensó el público lector?
De haberlo permitido el formato, muchos hubieran llevado Nueva Lente en la solapa.
¿Y qué impresión causó Nueva Lente entre los fotógrafos, tanto profesionales como aficionados?
Simpatía, claro, y estupor, desprecio, admiración e indiferencia. Aparte de los efectos colaterales.
¿Les originó algún tipo de inconveniente la censura?
Nos llevábamos muy bien. Todo aliciente debe ser bienvenido.
La pregunta que a continuación le planteamos se refiere a un debate de aquellos años: ¿cómo se conjugan el arte y la fotografía?
No es que se conjuguen; es que usan la misma colonia.
¿Cree que la revista ayudó a que la fotografía española fuera más conocida en el exterior?
Sí, aunque casi como un acto reflejo. Ante todo, Nueva Lente se propuso publicar aquí lo que se estaba haciendo en el resto del mundo. |