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No debió de resultar fácil a los gestores de AFAL la financiación de la revista. De hecho, hoy sus problemas parecerían casi irresolubles. Los inversores y patrocinadores, casi siempre aquejados de timidez y cicatería, lo eran aún más cuando se presentaba en su mesa un proyecto de estas cualidades. Tales dificultades, con todo, se atenuaron gracias a firmas como Pepsi-Cola y Coca-Cola (n.º 4, julio-agosto de 1956), Frigo (n.º 11, septiembre-octubre de 1957), Valca (n.º 14, marzo-abril de 1958) y Westinghouse (n.º 25, julio-agosto de 1960).

Sin duda menos lucrativos, aunque seguramente más entrañables para los lectores almerienses, fueron los carteles dedicados a las fiestas en honor de la Virgen del Mar (n.º 16, julio-agosto de 1958) y al XII Salón Internacional de Fotografía del Mar (n.º 30, mayo-junio de 1961). Este tipo de publicidad, cuidadosa y bien planteada, tenía un matiz institucional favorable a los deseos de la revista.

Para valorar el impacto de las actividades de AFAL es útil el análisis de esta faceta comercial. De algún modo, el vaivén publicitario es un signo de aceptación popular y de reputación dentro del gremio. Al menos, eso se deduce de los cada vez más precisos estudios de mercado. No obstante, también hemos de hacer caso a Laura Terré cuando subraya la desconfianza que inspiraba AFAL a los nuevos fotógrafos de la década de los setenta. Para desarrollar esta opinión, Terré cita lo que ella considera una joya de la literatura kitsch de la fotografía, el libro de Manuel Falces Introducción a la fotografía española (Universidad de Granada, 1975). Falces denomina a los colaboradores de AFAL «los ortodoxos de los años setenta» y, para subrayar este rótulo, se apropia de una cita «en la que Carlos Pérez Siquier reafirma su vocación no conductiva de la realidad, diciendo que si algún día la realidad no le aportara modelos y se viera tentado a modificarla, se dedicaría a la pintura, al teatro o al cine, pero no a la fotografía».


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