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«Puesto que cada foto —escribe Roland Barthes— es contingente (y por ello fuera de sentido), la fotografía solo puede significar (tender a una generalidad) adoptando una máscara». Sin embargo, esa máscara es lo que el pensador francés llama la región difícil de la Fotografía. «La sociedad, según parece —añade—, desconfía del sentido puro: quiere sentido, pero quiere al mismo tiempo que este sentido esté rodeado por un ruido, como se dice en cibernética, que lo haga menos agudo» (La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía, Paidós, 1989). ¿Cree el lector que esta reflexión preocupó a las gentes de AFAL? Comprobémoslo por la vía de los ejemplos. Como todos los creadores inteligentes, los fotógrafos de AFAL aprovecharon el obligado cumplimiento de su labor para establecer un programa poético. Ciertamente, aún hay quien cree en una fotografía objetiva, capaz de repetir sobre el papel los rasgos del mundo aparente. Craso error, porque el fotógrafo sobrepasa el campo de lo real para penetrar en el de lo sensible. Así lo cree un buen profesional del medio, José Muñoz, a cuyo juicio es fundamental recordar que el mundo está «suficientemente inventariado desde hace treinta o cuarenta años y que la pretensión de objetividad fotográfica es tan relativa que se abandonó hace ya muchos años; que el discurso fotográfico se recicla continuamente (salvo muy contadas y puntuales excepciones) cambiando en muchos casos tan solo el objeto fotografiado o bien su técnica» (Miradas y visiones, catálogo de la exposición organizada por la Dirección General de Patrimonio Cultural de la Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1994). Reforzando esa condición lírica, la sección denominada Fotopoemas sirvió para solapar versos e impresiones fotográficas. Así, Carlos Pérez Siquier facilitó la imagen que ilustraba un texto de Julio Alfredo Egea (n.º 8, marzo-abril de 1957). Atención al dato biográfico: el almeriense Egea, nacido en 1926, compaginaba la abogacía y la literatura, faceta que le proporcionó premios como el Miguel Ángel Asturias, otorgado por el Círculo Iberoamericano de Nueva York. Miembro de la generación de los 50, nuestro poeta acumula una bibliografía en la que sobresalen títulos como Poesía (1945), Ancla enamorada (1956), La calle (1960), Museo (1962), Valle de todos (1963), Piel de toro (1965), Nana para dormir (1965), Repítenos la aurora sin cansarte (1971), Desventurada vida y muerte de María Sánchez (1973), Cartas y noticias (1973), Antología poética: 1953-1973 (1975), Bloque quinto (1977), Sala de espera (1983), Segunda antología poética: 1973-1988 (1989) y La rambla. Antología biográfica (1989). La misma combinación entre poesía y fotografía familiarizó a Ricardo Terré con la obra de don Manuel Alcántara (n.º 12, noviembre-diciembre de 1957). Del conocido poeta y periodista malagueño (1928) cabe recordar que ha sido honrado con el Premio Nacional de Literatura, con el Premio Javier Bueno de la Asociación de la Prensa de Madrid y con los premios periodísticos Luca de Tena, César González Ruano, Mariano de Cavia y José María Pemán. Poemarios como Manera de silencio (1955), El embarcadero (1958), Este verano en Málaga (1985) y Antología poética. 1955-1985 (1985) o la novela Ciudad de entonces (1962) confirman la vigencia de su discurso literario, nutrido por aportes religiosos y filosóficos. Igualmente fructífera fue la unión de una imagen tomada por Nicolás Muller con unas líneas debidas a santa Teresa de Jesús (n.º 14, marzo-abril de 1958). Dentro de lo posible en este tipo de juegos, tal maridaje resultó de una sensibilidad exacerbada. Y es que, en casos como el de Muller, no hay duda de que la máscara definida por Barthes reposa en siluetas y en placas que nos inducen a pensar poéticamente. |
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