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Que somos perezosos de mirada es algo que decía
C. K. Chesterton cuando nos instaba a mirar más detenidamente las cosas, para saber de
manera cabal cómo son, para conocer su rostro más verdadero, y para poder descubrir en
ellas matices y formas que de ordinario nos pasan inadvertidas, tal vez por insospechadas
o tal vez porque no prestamos la suficiente atención, porque estamos siempre en otra
parte, idos, ensimismados, que es tanto como decir ciegos. Creemos mirar de frente y no
vemos nada, el reflejo empalidecido de nuestra propia imagen.
Esto que vale, me temo, para todo fotógrafo (y
para todo escritor y para los particulares también), se me hace especialmente llamativo
en el caso de José Ignacio Lobo. Mirar las cosas y poner en ello los cinco sentidos, para
conseguir atrapar no su lado insólito, raro o monstruoso, sino su lado más verdadero,
pero sobre todo mirar allí donde no conviene mirar o de la forma en que no hay que mirar,
como quien arrima el candil a la sentina o abre la ventana que no hay que abrir y se asoma
a ella (que ya sabemos que no es de caballeros) y en su alféizar permanece acodado a ver
qué pasa. Y es que la mirada no está libre de esa pesquisa de lo que se debe mirar y lo
que no, y del cómo deben mirarse las cosas, como si alguien, alguien anónimo y numeroso,
el público y sus petronios de ocasión, detentaran el poder de saber cómo son las cosas
y cómo deben mostrarse o cómo debe silenciarse su lado menos amable, ese del que o no se
habla o al que hay que referirse por encima del hombro, como algo ajeno y lejano,
marginal. Mirada y palabra van cogidas de la mano en esta farra sucia. [...]
En Lobo, además de un tropezarse con las cosas,
con el paisaje y sobre todo con sus figuras, porque con ciertas cosas uno se tropieza
(claro que unos tropezamos más que otros y a veces sin eufemismo alguno), hay una
pesquisa evidente alentada por una curiosidad en la que se mezcla la piedad, la sorpresa,
la complicidad el fotógrafo no es ajeno a ese mundo, está en él, como muy bien ha
visto, y fotografiado, Lobo y, a veces, el desaliento. Una pesquisa sobre el lado
oscuro de lo que nos rodea y resiste y sobre sus habitantes, esa denostada especie humana
(y sus tribus recónditas) que unos llevan a los altares y otros definen como radicalmente
estrafalaria, dañina, indescifrable, o sobre el que de ordinario permanece en la
oscuridad, velado por un pudor mal entendido o por las convenciones y las conveniencias,
más que por un verdadero pudor. [...]
Lobo mira donde los demás no miran, en lo que
existe, y vaya que si existe, y no se muestra, en lo que ha perdido hasta el nombre, en lo
que nos obliga de ordinario a mirar casi a otra parte, al infinito famoso, el de los
grandes panoramas (que también ha sido objeto de sus pesquisas), el de la lírica y la
metafísica de barbecho, que es tanto como no ver nada,en aras del famoso buen gusto, en
aras del yo qué sé y de esa dignidad que siempre sirve a los mismos: a los que tienen la
sartén por el mango, los listos que saben, ellos, sí cómo es la vida. [...] |

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El viaje de José Ignacio Lobo es un viaje a la cara
menos amable del mejor de los mundos posibles, al olvido también, a las trastiendas y a
las zahúrdas. Es el viaje a la enfermedad, a la locura, a la muerte, al fanatismo (el
religioso no es el único) y a la violencia, a la desdicha apenas nombrada, apenas
señalada púdicamente con el dedo. No son imágenes brutales porque la mirada no lo es,
al revés, siempre conserva un no sé qué de delicada, de piadosa, o eso es lo que
advierte quien las ve.En el carnaval
vasco, el de un mundo convulso y quebrado, su mirada difiere radicalmente de la
convencional, de la etnográfica incluso, no es el estudioso el que mira, ni siquiera el
viajero. [...]
Bajo la mirada de Lobo los carnavales pierden su
aspecto meramente folclórico, de supuesta atracción turística incluso, y en su lugar
aparece su rostro de inquietante transgresión, de antigua y vieja transgresión, en un
mundo en el que ésta es cada vez más rara (o está subvencionada a fecha y plazos fijos)
o es más marginal, perseguible de oficio, que le dicen. Lobo ha sabido arrancarles lo que
todavía tenían en las postrimerías del siglo del miedo y en la víspera del tercer
milenio, de violento, de inquietante, de amenazador, el otro lado de la fiesta, ese del
que la mayoría huye porque está de más, porque puede herirnos, porque no somos así,
porque no queremos ser así. Las cosas, una vez más, como son. [...]
Podría reprochársele a José Ignacio Lobo, ya
lo estoy oyendo, lo mismo que le reprochó a L. F. Céline su compañera Elisabeth Craig
cuando ésta leyó Viaje al final de la noche: «No todo es feo en esta vida».
Sólo que estoy seguro de que Lobo no me respondería con la contundente frase con la que
le contestó Céline: «Sí, lo es». Yo no se lo diría, porque no podría; él a mí
tampoco, por lo mismo, porque no se trata de eso. Se trata de mirar de frente y los dos
sabemos que el viaje va a ser largo. |
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Miguel Sánchez-Ostiz
Nace en Pamplona en 1950.
Licenciado en Derecho, ejerce la abogacía y colabora habitualmente en prensa. Prolífico
y polifacético, Sánchez-Ostiz es uno de los narradores mejor dotados de su generación y
ha cultivado tanto la poesía (Pórtico de la fuga y De un paseante solitario),
como el ensayo (La puerta falsa, Veleta de la curiosidad o Pamplona)
y la novela (Los papeles del ilusionista, El pasaje de la Luna, Tanger-Bar).
Ha recibido el premio Herralde de novela por La gran ilusión y el premio Nacional
de Literatura por No existe tal lugar. Sus últimas obras son una selección de
textos de Pío Baroja, Opiniones y paradojas, y la novela La flecha del miedo.
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