Junto con la Basílica de San Pedro y el Coliseo, el Castel
SantAngelo es uno de los monumentos más famosos de Roma y uno de los que mejor
sintetizan la historia.
En la orilla derecha del Tíber y frente al puente Elio, la
antigua entrada al mausoleo se sitúa tres metros por debajo de la actual, consecuencia de
las diferentes transformaciones del edificio en el curso de los siglos y de la elevación
natural del lecho del río.
Adriano reinó entre los años 117 y 138 d.C. y sólo tres
años antes de morir pensó en erigir un mausoleo que fuese más grande de aquél erigido
en el Campo Marzio en honor de Augusto. Fue incluso Adriano el proyectista de la obra. La
«Mole» de Adriano tenía un diámetro de 64 metros pero levantado sobre un basamento
cuadrado de 84 metros de lado. Se coronaba con un montículo de tierra en forma cónica,
plantado de cipreses y otros árboles. Adriano quiso que su túmulo fuese más alto y más
agudo en su cono que el de Augusto, además de colocarlo en una zona más elevada. En la
cúspide del monumento se situó el gran grupo escultórico compuesto por la estatua de
Adriano sobre una cuádriga de bronce dorado. En esa zona central, a la altura del tambor
cilíndrico del primer cuerpo, se abrió la única cámara funeraria, mientras en el
cuerpo cónico superior se crearon tres salas ciegas modernamente transformadas.
Junto con Adriano se depositaron en el mausoleo las cenizas
de seis de sus sucesores.
En el año 271 d.C. el emperador Aureliano incorporó la
gigantesca mole en el sistema defensivo que ideó para la defensa de la ciudad de Roma. En
el año 537 d. C. se destruyeron las esculturas decorativas y se utilizaron para hacer
proyectiles contra los godos.
Entre los siglos X y XI d.C. la familia de los Crescenzi construyó el torreón de la parte alta del
monumento y, ya en 1378, la escultura en mármol y bronce dorado de un ángel coronaba el
castillo, simbolizando un acontecimiento acaecido en el año 590 d.C. durante la
procesión del papa Gregorio Magno en honor a la virgen por el cese de una terrible peste.
El ángel aparece enfundando la espada tras haber vencido la peste por medio de la
intervención divina.
El carácter monumental actual lo adquirió en gran medida
con las obras realizadas por el segundo papa Borja, Alejandro VI (1492-1503), que
construyó tres de los cuatro torreones de los ángulos del recinto fortificado, dándole
verdadero aspecto de fortaleza, mientras sus sucesores se preocuparon del ornato y de la
construcción interior de salas y logias.
En 1527 tuvo el castillo su última gran aventura bélica
con el «Sacco di Roma». Desde entonces su vida fue la de una fortaleza que, ubicada
entre el Tíber y el Vaticano, protegía de posibles ataques los palacios del papa.
Incluso después de que Roma se convirtiera en capital de la Italia unida, el antiguo
mausoleo continuó siendo un presidio militar.
Sólo al inicio del siglo XX comienzan los trabajos de restauración,
haciendo posible la apertura del castillo como museo y como testimonio vivo de su propia
historia.
María Hernández Martínez
Becaria de la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma
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