Romance que dicen
Triste estaba el Padre SantoTriste estaba el Padre
Santo,
lleno de angustia y [de] pena,
en Santángel, su castillo
de pechos sobre un almena;
su cabeza sin tïara,
de sudor y polvo llena,
viendo a la reina del mundo
en poder de gente ajena;
los tan famosos romanos
puestos so yugo y melena,
los cardenales atados,
los obispos en cadena,
las reliquias de los santos
sembradas por el arena,
la vestimenta de Cristo,
el pie de la Madalena,
el prepucio y vera cruz
hallado por santa Elena,
las iglesias envioladas,
sin dejar cruz ni patena.
El clamor de las matronas
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los siete montes atruena,
viendo sus hijos vendidos,
sus hijas en mala estrena.
Cónsules y senadores,
de que sacasen su [s]cena
por faltalles un Horacio
como en tiempo de Porsena.
La gran soberbia de Roma
agora España la refrena;
por la culpa del pastor,
el ganado se condena.
Agora pagan los triunfos
de Venecia y Cartagena,
pues la nave de san Pedro
quebrada lleva la entena;
el gobernalle quitado,
la aguja se desgobierna;
gran agua coge la bomba,
menester tiene carena,
por la culpa del piloto
que la rige y la gobierna. Cancionero
de romances (s.a., circa 1547),
impreso en Amberes, por Martín Nucio |