Propalladia (1517)Capítulo
Como quien no dice nada,
me pedís qué cosa es Roma.
Por Dios, según es tornada,
que, en pensar tan gran jornada,
sudor de muerte me toma.
Más de dos
la habrán visto como nos,
de reposo y de tropel;
pero, ansí me ayude Dios,
que sabréis más de ella vos
viéndola en este papel.
Cortesanos,
varones sabios, ancianos,
la difinen, me paresce,
como en versos castellanos:
Roma, que roe sus manos
cualquier que en ella envejece.
Lo segundo:
es otro nuevo profundo
castillo de la malicia;
y aun la llaman, como fundo,
otros cabeza del mundo;
yo, cabeza de inmundicia.
Quien la vio
común tierra la llamó
de los otros y de mí;
mas mejor la llamo yo,
que communis patria no,
mas común padrastro sí.
Y es, al menos,
hinchepobres, vaciallenos,
perdición de tiempo y años,
hospital de los ajenos,
carnicera de los buenos,
esclava de los tacaños.
Sus amores
roban los días mejores
a los varones robustos;
es rejalgar de señores,
es cueva de pecadores
do se amotinan los justos.
Veis sin pena
por iglesias, más que arena:
»Hic iacet, hic occultatur»;
cada calle, mala y buena,
no hay pared que no esté llena
de «Hic excomunicatur».
Es lugar
do se estudia en desear
que muera el tercio y el cuarto,
una escuela de pecar
do quien vive sin matar
paresce que hace harto.
Es de son
que, en lugar de la razón,
es intruso el apetito:
mentir es ganar perdón,
bien hacer es traición,
ya el robar es pan bendito.
Veréis vos
cielo y tierra, todos dos,
revolverse cada día;
los diablos somos nos,
el oro siempre su Dios,
la plata Santa María.
Y en verdad
que es una gran vanidad
do nos perdemos a furia,
purgatorio de bondad,
infierno de caridad,
paraíso de lujuria.
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Desiguales
son sus bienes y sus males,
florescidos en discordia,
pues los pecados mortales
son tenidos principales
obras de misericordia.
Es, en fin,
nuestra Roma un gran jardín
de muchas frutas poblado:
son las flores de jazmín
blasfemar por un cuatrín,
renegar por un cornado;
una esgrima
do ningún tiro lastima
que lo sientan sus conciencias.
Hacen de Dios tal estima
que les pasan por encima
a mil cuentos de indulgencias.
Quien me entiende
verá que es Roma, por ende,
si no fuere puro necio,
una costumbre de allende,
un mercado do se vende
lo que nunca tuvo precio.
Nunca queda
de dar vueltas su gran rueda;
mas siempre van, a manojos,
a quien suele la moneda,
y a los truhanes la seda
y a los buenos los piojos.
Muy de lleno
tienen la ciencia por heno
y el ingenio por pajar,
y otro mal suyo y no ajeno:
que el hombre quiera ser bueno,
no lo tienen de dejar.
Y en placer
cuando osase proceder,
yo diría algún secreto:
basta que en Roma, a mi ver,
no queda mal por hacer
ni bien que venga en efecto.
Y es gran soma
para quien trabajo toma
de venir a conoscella;
dicen que los locos doma,
digo yo que el bien de Roma
es oílla y nunca vella.
Yo he hablado
según he visto y palpado.
Yo la culpo a dos partidos;
quien otra cosa ha hallado,
cuando me diere un ganado,
le daré cien mil perdidos.
Y el probar,
que no se debe alargar,
tampoco se quede en calma:
digo que Roma es lugar
do, para el cuerpo ganar,
habéis de perder el alma.
Si alegáis
que en ella os habilitáis
para en corte o fuera de ella,
son maldades que amparáis
o con que al mundo sirváis,
no bondad maldita aquella.
Tal se canta.
Fama tiene que me espanta;
pero consejo os a vos
que busquemos gracia tanta,
pues a Roma llaman santa,
que santos nos haga Dios. |