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Las cosas que acaecieron en RomaComo imitando a Nerón, que está mirando desde la roca Tarpeya la
destrucción de Roma en el popularísimo romance tanto que «Mira Nero de Tarpeya»
pasó a ser «marinero de Tarpeya», Mercurio y San Pedro van a contemplar el saco
de Roma desde lo alto. Y el vicario de Cristo justificará la destrucción como castigo
divino; Jesucristo permite que un ejército «en que hay de todas naciones de cristianos y
sin mandato ni consentimiento del Emperador» la saquee, «porque sus ministros la tenían
ahogada y cuasi destruida». Ven vestir a los soldados los hábitos de cardenales,
despojar los templos, robar el oro y la plata donde estaban engastadas las reliquias;
Mercurio, al advertir un grandísimo humo, le pregunta a san Pedro por su causa, y «el
buen San Pedro» no se lo podía decir de risa: «Aquel humo sale de los procesos de los
pleitos que los sacerdotes unos con otros traían por poseer cada uno lo que apenas y con
mucha dificultad rogándoles con ello habían de querer aceptar».
La charla del dios gentil y del santo cristiano tiene lugar
en el Diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés, secretario de cartas
latinas del Emperador. Antes había escrito, en defensa de Carlos V, su Diálogo de las
cosas acaecidas en Roma. Cuando el ejército imperial entra en Roma y la saquea, el
Emperador estaba celebrando en Valladolid el bautizo de su hijo Felipe con «torneos y
aventuras de la manera que Amadís lo cuenta», como dice Francesillo de Zúñiga,
el bufón; y al enterarse del saqueo, mandó cesar los torneos y «derribar los tablados y
castillos». Alfonso de Valdés le dice a su admirado Erasmo que «el día en que se tuvo
noticia de que nuestro ejército había tomado y saqueado la ciudad, cenaron conmigo
varios amigos», y al pedirle su parecer, él prometió hacerlo por escrito; así «en su
cumplimiento escribí, casi jugando, el diálogo sobre la toma y saqueo de Roma».
Lactancio, caballero mancebo de la corte del Emperador,
convencerá a su interlocutor, el Arcediano del Viso, testigo del saqueo, de que el
Emperador ninguna culpa tuvo en ello y de cómo Dios lo permitió por el bien de la
cristiandad. Es el castigo no a Roma meretrix, sino a los miembros de una Iglesia
corruptos. No hablan de Roma, de la ciudad, sino de su saqueo el lunes seis de mayo de
1527, cuando «por lo más fuerte de Roma, entre Belveder y la puerta de San Pancracio, a
escala vista, entraron una parte de los españoles, y casi podemos decir que en un punto
hobieron ganado el Burgo», como dice el cronista Francisco de Salazar.
En las calles, oímos los gritos, vemos los robos, el
pillaje; como cuenta el Arcediano: «¡Viérades venir por aquellas calles las manadas de
soldados dando voces! Unos llevaban la pobre gente presa; otros, ropa, oro, plata. Pues
los alaridos, gemidos y gritos de las mujeres y niños eran tan grande lástima de oír,
que aun ahora me tiemblan las carnes en decirlo». No queda casa ni iglesia sin saquear;
San Pedro es establo para los caballos. El Papa está preso en el castillo de
SantAngelo, y los soldados hacen burla de la dignidad de la jerarquía
eclesiástica: «Un alemán se vestía como cardenal y andaba cabalgando por Roma de
pontifical, con un cuero de vino en el arzón de la silla; y un español, de la mesma
manera, con una cortesana en las ancas». Cuando los soldados ven un clérigo o un fraile
por las calles, le gritan: «¡Papa, papa! ¡ammazza, ammazza!».
Lactancio sentenciará: «¡Oh inmenso Dios, cuán
profundos son tus juicios!»; sólo le queda una última reflexión con forma de ubi
sunt: «¡Quién vido aquella majestad de aquella corte romana, tantos cardenales,
tantos obispos, tantos canónigos, tantos protonotarios, tantos abades, deanes y
arcedianos; tantos cubicularios, unos ordinarios y otros extraordinarios; tantos
auditores, unos de la cámara y otros de la Rota; tantos secretarios, tantos escritores,
unos de Bulas y otros de Breves; tantos abreviadores, tantos abogados, copistas y
procuradores, y otros mil géneros de oficios y oficiales que había en aquella corte! ¡Y
verlos todos venir con aquella pompa y triunfo a aquel palacio! ¿Quién dijera que
habíamos de haber una tan súbita mudanza como la que agora he oído? Verdaderamente,
grandes son los juicios de Dios».
Una voz anónima canta el desastre en el romance que dicen
«Triste estaba el Padre Santo», que el editor Martín Nucio recogió en la primera
recopilación de romances conocida, su Cancionero de romances; y su punto de vista
es el mismo que el del fiel Valdés: «La gran soberbia de Roma,/ agora España la
refrena;/ por la culpa del pastor,/ el ganado se condena». |
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