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Universidad de Barcelona

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Roma se dibuja en muchos espacios verbales de la Literatura española de los siglos XVI y XVII, y sus imágenes son múltiples. No es sólo Roma, cabeza de la cristiandad, a la que peregrinan los romeros, sino una ciudad en la que conviven gentes de distintas razas, religiones, lenguas. En sus calles, llenas de movimiento, bulle la vida, y asoman las ruinas de su pasada grandeza. En los textos se ven, junto a las estampas romanas, amenazas por ese vivir sin freno, y se entonan reflexiones a partir de los edificios derruidos, evocadores de su esplendor imperial.

El saqueo de Roma, en mayo de 1527, por las tropas del Emperador, lo deja en suspenso todo un instante: la mirada y la admonición. En seguida se reanudan y se enlazan ambas con el puente de causa y efecto.

Roma se erguirá por encima del recuerdo de su pasado esplendor político y será nueva señora del mundo, también en los textos, reinando en las almas de los católicos, creciendo en majestad en sus iglesias. Seguirán llegando a la gran ciudad admirados viajeros, devotos peregrinos, porque es «término de la tierra y entrada católica del cielo». Ondeará su nombre Roma / amor por muchos paisajes verbales, cotidianos o sublimes de nuestras letras.

Alma Roma

El retrato de La Lozana andaluza tiene como fondo la ciudad de Roma.

A la alma ciudad llega Lozana —Aldonza—, la hermosa cortesana, y en ella se establece. Se dice a sí misma: «Yo sé mucho; si agora no me ayudo en que sepan todos mi saber, será ninguno». Su gracia, su donosura, su habla le abrirán las puertas de la ciudad, y nos las abrirán a nosotros, los lectores de ese espléndido relato dialogado que Francisco Delicado escribió y publicó en Venecia en 1528. Con ella y con su criado, Rampín, vamos por las calles de la populosa ciudad, oímos hablar distintas lenguas —la Lozana, cordobesa, no sólo entiende el catalán, sino que exclama «Quina gent de Déu!»—, vemos sus calles y plazas, a sus gentes.

Rampín, mostrándole la ciudad a la recién llegada Lozana, nos sirve de guía. «Esta es la Ceca, do se hace la moneda, y por aquí se va a Campo de Flor y al Coliseo, y acá es el puente, y éstos son los banqueros», «Por aquí, por Plaza Redonda, y verés el templo de Panteón, y la sepultura de Lucrecia Romana, y el aguja de piedra que tiene la ceniza de Rómulo y Rémulo, y la Corona labrada, cosa maravillosa, y veréis Setemzonéis». Y cuando la cortesana le pregunte el nombre de una plaza, Rampín aprovecha para hacer con su respuesta un esbozo de vida cotidiana: «Aquí se llama Nagona, y si venís el miércoles, veréis el mercado que, quizá desde que nacistes, no habéis visto mejor orden en todas las cosas. Y mirá qué es lo que queréis, que no falta nada de cuantas cosas nacen en la tierra y en el agua». Y oiremos también de su boca lo que se dice de esa ciudad, donde se mezclan y conviven gentes de distintas religiones y lenguas: «Nota Roma, triunfo de grandes señores, paraíso de putanas, purgatorio de jóvenes, infierno de todos, fatiga de bestias, engaño de pobres, peciguería de bellacos». Y desde su perspectiva, sentencia: «Es la mayor parte de Roma burdel y le dicen “Roma putana”». Por ello se anuncia varias veces en el relato su destrucción como castigo: ño de veinte e siete, deja a Roma y vete», y la sombra del saco de Roma aparece anticipándose literariamente a su realidad.

Con Lozana y Rampín veremos Campo de Flor lleno de «charlatanes, sacamuelas y gastapotras, que engañan a los villanos y a los que son nuevamente venidos, que aquí los llaman bisoños». El muchacho muestra a su señora los remedios que pregonan: una raíz que quita el dolor de muelas, polvo para lombrices… embustes para sacar el dinero a los incautos que se dejan prender de sus palabras. Ven en ella mozos que buscan amo, como hará unos años después en nuestra tierra Lázaro y como dice Rampín que él hizo: «Pensá que yo he servido dos amos en tres meses, que estos zapatos de seda me dio el postrero, que era escudero y tiñíe una puta, y comíamos comprado de la taberna, y ella era golosa, y él pensaba que yo me comía unas sobras que habían quedado en la tabla, y por eso me despidió.» Retazos de vida literaria de un pícaro años antes de que la picaresca aparezca como género, cuadros de vida cotidiana de esa Roma viva, apasionante que se cuela por los diálogos de La Lozana andaluza, esa Roma, «la que los locos doma», como dice uno de los personajes de la novela.

A finales de siglo, Guzmán de Alfarache también vivirá un tiempo en Roma; aprenderá en sus calles el arte de pedir, con lecciones prácticas y con las «ordenanzas mendicativas» que le da un diestrísimo pobre. Conocía «desde el Papa hasta el que estaba sin capa»; así se encuentra con Micer Morcón, generalísimo de los pobres en Roma, que «merecía por su talle, trato y loables costumbres la corona del Imperio, porque ninguno le llegó de sus antecesores. Pudiera ser príncipe de Poltronia y archibribón del cristianismo». Y descubre «la libertad de los cinco sentidos», porque nadie goza más con el gusto, el oído, la vista, el olfato y el tacto que un pobre, según Guzmán. Cuando, después de pedir en Gaeta, regresa a Roma a buscarse la vida otra vez, le revientan las lágrimas de gozo y quisiera poder abrazar las santas murallas con sus brazos: sabía bien la ciudad y era conocido en ella. Entrará al servicio de un cardenal que gusta de la buena mesa y hará a su servicio «ostentación del ingenio»; luego pasará a ser paje —o gracioso— del embajador de Francia, y en su casa se graduará de alcahuete. En esa apariencia de «pajecillo pulidete», como él dice, será «familiar en toda Roma». Sus burlas y las que le hacen nos remiten a facecias, a relatos literarios, más que a la diaria Roma. A través de la conversación de los personajes de La Lozana andaluza, sabemos, en cambio, de la vida cotidiana romana. Rampín le cuenta a Lozana de qué están hechas las rosquitas que venden por la calle: «De harina y agua caliente y sal y matalahúva y poco azúcar, y danles un bulle en agua y después metellas en el horno». O una lavandera española —Roma está llena de españoles— le cuenta cómo lavan las italianas a diferencia de ellas: «Nosotras remojamos y damos una mano de jabón y después encanastamos y colamos, y se quedan los paños allí la noche, que cuele la lejía, porque de otra manera serían los paños de color de la lejía; y ellas, al remojar, no meten jabón y dejan salir la lejía, que dicen que come las manchas, y tornan la ceniza al fuego a requemar, y después no tiene virtud».

Con ellos entramos en la judería, vemos cómo hacen adafina para el sábado y cómo va la gente a las distintas sinagogas: «Ésta es sinoga de catalanes, y ésta de abajo es de mujeres. Y allí son tudescos, y la otra franceses, y ésta de romanescos e italianos…». Es una Roma variopinta y libre la que se va dibujando por el caminar por las calles, por las páginas del relato: «Pues por eso es libre Roma, que cada uno hace lo que se le antoja agora, sea bueno o malo, y mirá cuánto que, si uno quiere ir vestido de oro o de seda, o desnudo o calzado, o comiendo o riendo, o cantando, siempre vale por testigo, y no hay quien os diga mal hacéis ni bien hacéis, y esta libertad encubre muchos males».

Pero en seguida, viene la reprobación —es Silvio, el amigo del autor, quien habla— y el llamarla Roma Babilonia por la confusión en que desemboca esa libertad: «¿No miráis que se dice Roma meretrice siendo capa de pecadores? Aquí, a decir la verdad, los forasteros son muncha causa, y los naturales tienen poco del antiguo natural». Roma Babilonia por las muchas lenguas que en esta alma ciudad se hablan, como dirá Lozana, que «mira y nota y a tiempo manifiesta». Lozana dice un emotivo parlamento acordándose de las pobres putas viejas que malviven en una Roma avarienta: «Como agora, cierto nunca tan gran estrechura se vido en Cataluña ni en Florencia como agora hay en Roma; y si miráis en ello, entonces traían unas mangas bobas, y agora todos las traen a la perladesca. No sé, por mí lo digo, que me maravillo cómo pueden vivir munchas pobres mujeres que han servido esta corte con sus haciendas y honras». Se salvará la cortesana del castigo divino a esa Babilonia confusa retirándose con su criado Rampín a la isla de Lípari; allí no será ya Lozana, sino Vellida, porque su autor quiso proteger a su personaje de la destrucción de esa «patria común, que, voltando las letras, dice Roma, amor».

Lozana no sabe leer, pero le gusta que le lean, y le pide a Silvano, amigo del autor, que le lea «las coplas de Fajardo y la comedia Tinalaria y a Celestina». Tiene en casa La Celestina y se queja de que no se la leen a su modo: es su modelo. Le gusta oír además la comedia Tinellaria, «comedia a noticia» de Bartolomé de Torres Naharro, buen conocedor también del mundo romano; en ella el extremeño hace hablar en varias lenguas —catalán, italiano, portugués— a los criados en un tinelo —un comedor de la servidumbre— de un cardenal romano. Su otra «comedia a noticia», Soldadesca, será un friso de los soldados que vagan por las calles de Roma en espera de que los contraten para una guerra, la que sea, porque viven de la muerte como soldados mercenarios. Un tambor los irá reclutando para el ejército papal; y oiremos a Pero y Juan, dos soldados bisoños, que han venido de Jerez y que no entienden el italiano, a un fraile que cuelga los hábitos para enrolarse y se bebe con los bisoños lo que le dan por la sotana, a los soldados veteranos, siempre a punto de la pelea o de la estafa, a algún oficial vanidoso, pavoneándose de su origen, cuando se sabe muy bien que su padre fue azacán y él antes melcochero… Y al fondo, las calles de Roma, unos años antes de que llegara a ellas Lozana.

Su casa será pronto frecuentadísima. Como dice el Autor, personaje de su propia obra, que va escribiendo a la vez que ve vivir: «¿No veis qué prisa se dan a entrar y salir putas y notarios?», y el lector los ve, ve el movimiento que la palabra crea. La Lozana sentencia: «Más sabe quien muncho anda que quien muncho vive, porque quien muncho vive cada día oye cosas nuevas, y quien muncho anda ve lo que ha de oír.» El lector de La Lozana andaluza ve al oír y callejea por Roma con los personajes.

Un valijero, cliente de la Lozana, le enumera las clases de putas, y no hay página de la literatura española que tenga mayor riqueza de adjetivación aplicada a las cortesanas, primero por su forma de ser y luego por su origen. Lozana no deja de quedar impresionada y le pregunta: «¿Qué quiere decir que vienen tantas a ser putas a Roma?». La respuesta del avezado valijero es otra gran pincelada a ese zoco romano: «Vienen al sabor y al olor. De Alemaña son traídas, y de Francia son venidas. Las dueñas de España vienen en romeaje, y de Italia vienen con carruaje». Tantas hay que Lozana dice: «Si todas las Celidonias o Celestinas que hay en Roma me diesen dos carlines al mes, como los médicos de Ferrara al Gonela, yo sería más rica que cuantas mujeres hay en esta tierra». Y su compañera Divicia precisa: «Yo os diré cuántas conozco yo. Son treinta mil putanas y nueve mil rufianas sin vos.» Y la desafía a que lo verifique: «Contadlas».

Esa Roma Babilonia va a ser destruida por la mano de Dios —ésa es la tesis que convenía al Emperador—, y después del saco aún le mandó —como dice Delicado en un epílogo— «pestilencia inaudita» y un diluvio que hizo crecer y desbordar el Tíber «y entró por toda Roma a días doce de enero, año de mil e quinientos y veinte e ocho». La Roma meretriz —Ve tibi, civitas meretrix!— no podrá huir de la providencia divina: «¡Oh cuánta pena mereció tu libertad y el no templarte, Roma, moderando tu ingratitud a tantos beneficios recebidos! Pues eres cabeza de santidad y llave del cielo, y colegio de doctrina y cámara de sacerdotes y patria común ¡quién vido la cabeza hecha pies y los pies delante!» Pero siguiendo lo que Delicado dice, que La Lozana andaluza no es «obra, sino retrato, cada día queda facultad para borrar y tornar a perfilarlo, según lo que cada uno mejor verá», ese colofón de tinieblas y castigo puede ponerse en la estampa siguiente y dejar en ésta sólo una Roma llena de vida, de gentes que hablan distintas lenguas y se entienden, de diversas religiones que conviven en sus calles, llenas de olor y de sabor: es la Roma vivificadora, nutricia, alma Roma.

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