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Aceite de la Bética para RomaSi en la vida política, en la sociedad y en la cultura de la Roma
antigua la presencia de Hispania fue importante, en la topografía de la Urbe posiblemente
nada más señero de lo hispano que el montículo originado por la acumulación de varios
millones de ánforas que, procedentes de la Bética, abastecieron durante varias centurias
el consumo de aceite en Roma. Situado entre el Aventino y el Tíber, el monte Testaccio,
inmediato en la antigüedad al puerto fluvial, es un inmenso basurero de fragmentos
cerámicos que, con una altura de 50 metros y un perímetro de 1 500, abarca una
superficie de 22 000 metros cuadrados. Citado en una inscripción del siglo VIII hallada en la Iglesia de
Santa María in Cosmedin, el «mons Testaceus», así llamado por la acumulación de testae
de donde el «tiesto» en español se convertiría no sólo en testimonio de
la presencia comercial hispana en Roma sino en fuente muy reveladora para el estudio de la
economía y aún de la vida cotidiana de la Urbe y de sus relaciones con Hispania.
Consecuencia de su estancia en Roma, Cervantes sería el
primer escritor español en referirse a este singularísimo enclave, cuando el
protagonista de una de sus Novelas ejemplares, «El licenciado Vidriera»,
exclama: «Qué queréis, muchachos, porfiados como moscas, sucios como chinches,
atrevidos como pulgas? Soy yo acaso el monte Testacho de Roma, para que me tiréis tantos
tiestos y tejas?» (3).
El Testaccio tiene, también hoy, para lo español su
dimensión científica, pues si los estudios arqueológicos y fundamentalmente
epigráficos tuvieron en el siglo XIX un importante avance gracias a la investigación del alemán
Heinrich Dressel, en el último tercio del siglo XX, los estudios de Emilio Rodríguez Almeida han sido un
significativo avance (4),
continuado en nuestros días por el proyecto español dirigido por los profesores
Blázquez y Remesal (5).
La Roma de Teodosio y de San Dámaso
«Poeta cantor de los mártires y el gran Papa que tan
eficazmente defendió a los fines del siglo IV el primado de Roma» (6), San Dámaso graba su nombre
en la toponimia de la Roma actual en dos lugares muy característicos. Uno de los grandes
patios del Palacio Vaticano, trazado por Rafael y por Bramante, lleva su nombre, que
tambien aparece en el título de la Iglesia de San Lorenzo in Dámaso, incrustada en el
formidable Palacio de la Cancillería. Aunque sigue abierta la polémica sobre su lugar de
nacimiento, la puntualización del Liber Pontificalis, que lo califica de spanus
y una milenaria tradición que admite tal origen, abogan por aceptarlo como el primero de
los hispanos que subió al trono pontificio, incluso el que acuñó la expresión de Sedes
Apostólica para referirse a Roma, afirmando con ello su primado. Sucesor, tras
turbulenta etapa de elección, del papa Liberio, el creador de la Basílica de Santa
María la Mayor, llamada por ello «basílica liberiana», San Dámaso ocupó la sede
apostólica entre el año 367, cuando reinaba el emperador Valentiniano, y el año 384, en
que otro hispano, Teodosio, ocupara el trono del declinante Imperio.
Elegido Papa en la Iglesia de San Lorenzo in Lucina, San
Dámaso significó el fortalecimiento del pontificado romano pero también su nombre se
vincularía a un proceso de transformación de espacios urbanos, al servicio del culto,
como sería la desecación de los terrenos situados a oriente de la Basílica Vaticana, y
de descubrimiento y restauración de catacumbas, como las de San Calixto o las de San
Sebastián, símbolo también de un estímulo en la devoción a los mártires, muchos de
cuyos sepulcros o edículos llevarían versos del Papa, con la grafía de su secretario,
Furio Dionisio Filocalo, el scriptor que los trasladaba al mármol. Bellísimas
son, entre las conocidas, las composiciones que se conservan en la llamada cripta de
los Papas, en las catacumbas de San Calixto, o las dedicadas a Santa Inés, en la
iglesia de su nombre en Via Nomentana.
Esa Roma de fines del siglo IV es también la de Teodosio, el hijo del magíster
equitum Flavius Theodosius, nacido en Hispania, «gallegus civitate Cauca», la actual
Coca, en el año 347. La Roma de Teodosio, emperador entre el 379 y el 395, ya no era
aquella gran potencia todavía en expansión del primero de los emperadores provinciales,
Trajano. En realidad, era Constantinopla la nueva capital, mientras la vieja y despoblada
Roma se defendía de las incursiones bárbaras al tiempo que la nueva y oficial religión,
el cristianismo, se afirmaba y defendía su ortodoxia de las numerosas doctrinas o
interpretaciones heterodoxas, como el arrianismo, frente a las que Teodosio se alzaría
como campeón de la ortodoxia cristiana definida en el concilio de Nicea y siguiendo
precisamente las enseñanzas del obispo de Roma, San Dámaso.
Pero además, el nombre de Teodosio viene ligado a la
construcción de una de las grandes basílicas de Roma, la de San Pablo Extramuros, que
historiadores del arte como Elias Tormo la tienen como «totalmente obra de Teodosio I, el
español y de sus hijos, hija y nieto, todos de familia española» (7). |
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