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Posiblemente ningún país del mundo tenga una historia tan
entreverada con la de Roma como España. Recordar, al inicio del tercer milenio, cuanto de
España queda en la Urbe por antonomasia, cuyo pasado, desde su mítica fundación en 754
a.C., acumula tres milenios de vida y de cruce de culturas, es un ejercicio de memoria
histórica que conduce necesariamente a los albores de la propia España.
La más romanizada de las provincias
«Desde que Roma puso pie en la península ibérica
sustituyendo el poder cartaginés ha escrito Mario Torelli España apareció
ante los itálicos de todas las regiones como Eldorado al alcance de la mano, tanto
por sus riquezas mineras como por la feracidad de las tierras de las zonas costeras y del
mediodía» (1). Como todo
proceso de conquista y colonización fue aquella una página dura, incluso cruel, pero en
la que se fueron forjando muchos de los elementos que han venido definiendo, al hilo de
los siglos, el carácter y el propio ser histórico de España». «De tierra de conquista
a provincia del Imperio» se subtituló una hermosa exposición sobre la Hispania romana
que se ofreció en el Palacio de Exposiciones de Roma a fines de 1997.
Hispania fue la más romanizada de las tierras conquistadas
por Roma. Desde esa realidad, se hace perfectamente comprensible que los primeros
magistrados que en los distintos niveles de la vida pública procedían de provincias,
fueran precisamente hispanos. Ya en el año 90 a.C. un hispano, Quintus Varius Severus,
era nombrado tribuno de la plebe. Lucius Cornelius Balbus, cónsul en el año 40 a.C.
sería el primero de los consules no itálicos. Su sobrino, del mismo nombre, lo sería el
año 32. Más de sesenta senadores eran oriundos de la región más romanizada de
Hispania, la Bética. De ellos, 29 alcanzarían el consulado. En esa línea de presencia
hispana en las instituciones públicas de Roma, fuesen colegiadas o individuales, se
entiende también perfectamente que fuese un hispano el primer Emperador nacido fuera de
Italia: Marco Ulpio Trajano.
«Felicior Augusto, melior Trajano». Que seas más feliz
que Augusto y mejor que Trajano. Así expresaría en lo sucesivo el Senado romano su deseo
de un buen principado cuando un nuevo Emperador accedía al poder. La fama de Marco Ulpio
Trajano traspasó incluso la propia historia de Roma y se proyectó en los siglos
medievales, cuando ya Roma era solo un recuerdo o un símbolo.
Nacido en Itálica, en la Bética, Trajano ensancharía las
fronteras del Imperio con la conquista de la Dacia, cuyo proceso narra la columna por
definición entre las muchas que dejó Roma.
Educado en el estoicismo, del que fuera uno de sus
exponentes otro hispano, el cordobés Lucio Anneo Séneca, la política social de Trajano
se adelantó claramente a su tiempo, como otras muchas de las instituciones nacidas de su
obra de gobierno. Como escribía en el siglo XII Juan de Salisbury, «fue de tanta fortaleza y calidad política,
que amplió considerablemente en todos los sentidos los límites del Imperio romano que,
despues de Augusto, había sido más bien defendido que ampliado».
Pero especialmente su recuerdo se basaba en que
«fundamentó la grandeza de su reinado en el culto a la virtud».
Sería también el primero de los emperadores que muriera
fuera de Italia, en una ciudad de Cilicia, en el Asia Menor. Incinerado, sus cenizas
llegarían a Roma en una urna dorada, para ser objeto de la consecratio, es decir,
la divinización, y posteriormente ser depositadas en una cámara a tales efectos
construida en la base de la formidable columna que conmemoraba sus victorias en la
conquista de la Dacia (2). |
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