La Plaza de España es uno de los mejores ejemplos del
urbanismo monumental barroco romano.
Como puede deducirse de la irregularidad de su perímetro,
la actual imagen de la plaza es fruto de un conjunto de obras independientes entre sí,
que comienzan con la construcción de la Iglesia de la Trinidad en el Pincio a comienzos
del siglo XVI y
finalizan con el levantamiento de la Columna de la Inmaculada a mediados del siglo XIX.
En la primera mitad del siglo XVI se llevó a cabo la más monumental
reforma urbanística de la Roma papal: la organización del denominado Tridente. Formado
por las vías Ripetta, Babuino y Corso, este empeño respondía a la necesidad de crear un
acceso para acoger a los peregrinos que llegaban desde la vía Flaminia a través de la
puerta del Popolo y permitía una fácil comunicación hacia las grandes basílicas de la
ciudad.
Al proyecto del Tridente se unió posteriormente la idea de
Sisto V de una cuarta vía que uniera la plaza del Popolo con Santa María Mayor a través
de Villa Ricci, después llamada Médici y de la Iglesia de la Trinidad. Esta vía no
llegó a finalizarse debido a los problemas causados por la topografía del terreno pero
mostró la necesidad de monumentalizar el acceso a la Iglesia de la Trinidad desde la Via
del Babuino. Con este motivo, a finales del siglo XVI, Gregorio XIII donó a los frailes de la Trinidad el terreno situado
delante de la iglesia para que se construyera en él una escalinata similar a la de Santa
María de Aracoeli, ad nobilitatem Urbis. Pero dicho proyecto no se llegó a
realizar.
Fue en el siglo XVII cuando el espacio correspondiente a la plaza comenzó su verdadera
monumentalización.
En 1622 el actual Palacio de España se convirtió en la
sede de la Embajada española. Cuatro años después, monseñor Vives donó a Urbano VIII
el cercano palacio sede del Colegio de Propaganda Fide, donde más adelante trabajará
Gianlorenzo Bernini y posteriormente Borromini, que despertaba mayores simpatías entre
los españoles. En 1627 comenzaron las obras de la Barcaccia, dirigidas por Pietro
Bernini. La fuente, simbolizando a la Iglesia, junto al edificio de Propaganda Fide
formaba uno de los típicos espacios alegóricos de la Iglesia contrarreformista. La
presencia de la Iglesia de la Trinidad, fundación real francesa y de la Embajada
española, acentuaban la imagen del catolicismo victorioso con sus más poderosos
defensores.
En 1660, bajo el gobierno de Mazzarino, los franceses
recuperaron la idea de construir la escalinata. El proyecto preveía todo un programa
decorativo alusivo a la monarquía francesa, incluyendo una estatua ecuestre de Luis XIV.
El papa Alejandro VII lo rechazó al ver en él la creación de un campidoglio francés
en Roma.
Tras la muerte del pontífice, los franceses volvieron a
intentar la realización del proyecto, contratando para ello a Bernini. Sin embargo, una
vez más, la idea se vió frustada.
En los primeros años del siglo XVIII, con la construcción del Porto de
Ripetta según el proyecto de Alessandro Specchi, volvió a retomarse la idea de la
construcción de la escalinata, esta vez por parte del pontífice Clemente IX, que
pretendía unir, según un esquema plenamente barroco, el puerto con la plaza a través
del eje formado por Largo Goldoni y Condotti.
En la elección del proyecto definitivo volvieron a surgir
las diferencias entre los franceses y el Papa, aunque finalmente se alcanzó el consenso
con uno de los proyectos del arquitecto De Sanctis, el preferido de los franceses, a
cambio de eliminar cualquier alusión a la monarquía francesa en la decoración de la
obra.
Se construyó así, finalmente, la escalinata tal y como
actualmente se conserva, junto a dos pequeños edificios a sus pies que le servían de
marco arquitectónico, decorados con flores de lis en todas sus ventanas a pesar de lo
acordado con el pontífice.
Los dos últimos hitos constructivos de la plaza fueron,
por un lado, la colocación en 1789 del obelisco salustiano frente a la Iglesia de la
Trinidad, en la parte alta de la escalinata y por otro, la erección de la Columna de la
Inmaculada, a manos de Pío IX, para conmemorar la promulgación del dogma mariano en
1854.
En el proyecto decimonónico de creación de un bulevar,
del que actualmente se conserva únicamente algunas palmeras en la parte norte de la
plaza, puede verse el cambio de interés entre la monumentalización y la modernización
de la ciudad, propio de la mentalidad de la época.
Miguel Ángel García García
Becario de la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma
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