|
El Palacio Borghese y el Palacio Montorio son hoy, como
sedes de la Embajada de España en Italia, el signo más evidente de nuestra presencia
oficial en Roma. Presencia muy breve para una ciudad en la que el tiempo es un valor
añadido a las cosas: España no lleva más de 50 años vinculada a dichos edificios:
desde 1947, año en que el Estado español adquirió la Villa sobre el Gianicolo para
convertirla en Residencia del Embajador de España ante la República Italiana. Poco
después, se alquiló una planta del Palacio Borghese para instalar en ella la
cancillería de la Embajada, probablemente en espera de una sede definitiva, que aún se
hace esperar.
Pero la historia y la intención de ambos edificios es muy
distinta:
Palazzo Borghese apenas ha cambiado de manos desde su
construcción en el siglo XVI. Considerado como uno de los palacios más grandes de Roma, albergó durante
generaciones a todas las ramas de la extensísima familia Borghese y, con ella, sus
extraordinarias colecciones, a modo de cofre cerrado al exterior. Poco a poco, se ha ido
dejando paso a otros propietarios o inquilinos que han ido ocupando progresivamente una
buena parte del palacio.
Trabajar en Palazzo Borghese es una experiencia. Cuando uno
llega por primera vez se queda perplejo ante sus compañeros de oficina: faunos, ninfas, putti,
sátiros y el fantasma de Paolina Bonaparte comparten espacio con secretarias,
auxiliares administrativos y conserjes. A las pocas semanas (un instante comparado con la
propia historia del palacio), las cosas parecen ir mejor y los anacronismos pasan casi
inadvertidos. Hay incluso un despacho en una antigua cámara secreta en la que algún
cardenal rijoso se olvidaba por unos momentos de la púrpuras. La cámara está decorada
con frescos de Dido y Eneas, Apolo y Dafne y otras famosas parejas de la mitología
amatoria poco incitadores al trabajo. A veces es bueno dejar por unos segundos los serios
papeles de la Embajada y mirar hacia el techo. Entonces uno se da cuenta de la suerte que
tiene quien trabaja en Palazzo Borghese y también de la suerte que tenían algunos
cardenales.
Palacio Montorio, al contrario que el Palacio Borghese, ha
tenido innumerables dueños, que se han sucedido en sus casi tres siglos. Todos dejaron
algo, pero se llevaron casi todo, hasta que el Estado español lo compró y devolvió el
esplendor que algún día tuvo. Pero en el fondo, da igual lo que se coloque en sus
salones, porque el Palacio Montorio no es una caja cerrada sino un gran escenario abierto
al exterior, que se ve desde cualquier punto de la ciudad. En el palacio Montorio, Roma se
mete por la ventana. Desde cualquier salón, desde cualquier rincón, se pueden admirar,
en un gran angular que va desde San Pietro a las Termas de Caracalla, la más espectacular
superposición de cúpulas, torres, colinas y ruinas que una ciudad pueda ofrecer, sobre
todo si es con el último sol de poniente por encima de los Colli Albani.
Carlos Maldonado Valcárcel
Embajada de España en Roma
|
|