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Volver la vista al tiempo
pasado tiene un componente de ensoñación, de mirada introspectiva entre lo personal lo
universal, algo de filosofía de la existencia, de hombres y mujeres en los escenarios a
que la historia los ha abocado.
Actores y actrices de un tiempo en una geografía
concreta. He aquí España. La España de a pie de hace un siglo, lenta, de tiempos
muertos, con movimientos y miradas antiguas, más parecidas a su pasado decimonónico que
a la modernidad por venir, porque el porvenir al que llegaron siguió siendo de muertos,
«de aquella España que pasó y no ha sido», que decía Machado. Sonrisas de caciques y
burgueses, trabajos de los hombres del pueblo, todos ellos en espera del piloto que
llevara cual nave platónica a la república del buen gobierno de sus días.

Y es que tras los grandes escenarios de la
Historia con sus fechas, sus batallas, palacios, catedrales, sus héroes y villanos,
respiraban estos millones de seres anónimos, que poco o nada parece influyeran en el
devenir histórico de un país que estaba aún por hacer en el sentido moderno de la
palabra, es la España invertebrada de la que hablaba Ortega y Gasset.

Esa «España que no nos gusta» como decían los
del 98, donde la mayoría de las mujeres eran analfabetas o sólo el dos por ciento de los
propietarios poseían la mitad de las tierras cultivadas. Aún metida en guerras
coloniales, con un ejército al que había que mantener contento y una iglesia todavía y
por mucho siglo con ideas medievales. Y con ellos, la fotografía acercándose a la vida
cotidiana de nuestros bisabuelos, abuelos y demás parientes próximos y lejanos,
españoles y españolas del primer cuarto de la última centuria del segundo milenio
occidental.

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La Fotografía, sin la cual no puede entenderse la
historia contemporánea, no es un documento histórico que nos deje impasibles más bien
nos transmite, y sobre todo estas imágenes estereoscópicas, la sensación de revivir, de
estar en el mismo lugar y el mismo tiempo pasado deslizándonos en un túnel del tiempo de
blancos, negros y grises.

El tiempo y el espacio que se necesita para una
descripción histórica, una fotografía nos lo da en un instante, y más aún las
imágenes estereoscópicas. Auténticas ventanas de la historia, la estereoscopia
fotográfica reproduce nuestra visión tridimensional, realizándose en esta época con
cámaras de doble objetivo que impresionaba sincrónicamente dos imágenes. Las placas de
cristal, nuestras películas de hoy, una vez reveladas se introducían en un aparato
binocular llamado estereoscopio, al cual se asomaba el espectador, entrando en una íntima
visión en relieve de lo fotografiado. La eclosión del estereoscopio entre la burguesía
data de los años cincuenta y sesenta del siglo diecinueve, convirtiéndose en una moda
coleccionar vistas estereoscópicas como en nuestro tiempo las tarjetas postales. De hecho
es ahora a principios del siglo XX, cuando el estereoscopio comienza a perder protagonismo
en favor de aquellas, hasta desaparecer de los mercados fotográficos por la sustitución
del cristal por la película y otros avances en la tecnología fotográfica.

Las fotografías de la España de ayer más
reales están en las imágenes estereoscópicas, porque podemos ver el aire que se mueve
entre los personajes y sus escenarios; las personas, los edificios tienen volumen, hay
fondo y perspectiva en las cosas, como si pudiésemos tocar los objetos que están encima
de una mesa o continuar el viaje por entre las calles del pasado.
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