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María-Loup Sougez



cuadro_verde.gif (46 bytes) Ésta no es una exposición de fotografía, sino una muestra de fotografías que se propone evocar la vida cotidiana de España a lo largo del siglo XX. Aquí prevalece la imagen con ese valor documental que tan sólo puede aportar una fotografía. Son obras tanto de fotógrafos conocidos como de autores menores e incluso anónimos.

En eso difiere de recopilaciones anteriores que reflejaban la sociedad española y establecían una nómina de fotógrafos con sus biografías o trataban de una tendencia determinada de la estética fotográfica española.

Además de ofrecer una visión del siglo, esta selección de imágenes pasa revista a varios aspectos de la fotografía española, sin hacer especial hincapié en los autores, en otra forma de aprehender la historia de la fotografía. Coincide con una corriente emergente que reclama esta revisión, a veces tendiendo a equivocar el orden de los factores al considerar como historia del medio lo que, en realidad, no es sino subrayar una de las múltiples posibilidades que conlleva la fotografía desde que irrumpió en nuestra sociedad en el año 1839.

Porque se trata de un medio proteico que ofrece innumerables aspectos. Ahora que nos toca vivir la revolución informática que abre perspectivas insospechadas en numerosos campos, ello debería ayudarnos a reflexionar sobre el fenómeno parecido que ocurrió en pocos años con el advenimiento de la imagen fotográfica en la sociedad decimonónica. La fotografía participa plenamente en la revolución tecnológica que marcó la nueva sociedad industrial y, aunque España figura entre los primeros países europeos que acogieron su primicia —el daguerrotipo— las vicisitudes que la afectaron durante el siglo XIX, su escaso desarrollo industrial frente a la rápida transformación registrada en el resto de la Europa occidental acusaron las diferencias que registraba el país en el umbral del siglo XX, con una población básicamente rural, en su mayoría simples braceros sin propiedades, frente a otros países donde se asentaba una burguesía deseosa de disfrutar de ocio y de bienes culturales que hasta unos pocos decenios atrás eran tan sólo atributos de una minoría privilegiada.

Esta visión panorámica sobre la vida española durante el siglo XX reúne imágenes con un marcado carácter documental, incluso en la aportación de los fotógrafos contemporáneos que, cada uno según sus afinidades, reflejan una parcela de la realidad española actual.


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Resulta difícil abarcar la totalidad de las tendencias fotográficas del siglo a través de una selección unívocamente testimonial. Apenas se puede apuntar la existencia de la larga trayectoria del pictorialismo en España con esa Ventana de Ansó de José Ortiz Echagüe, su máximo exponente —aunque él no se considerara como tal— en una composición muy elaborada en su aparente sencillez. Las propuestas vanguardistas, de gran pujanza pero de corta duración ya que fueron barridas por la guerra civil, se concretan en una composición de Pere Catalá Pic (Sin título).

Lo que domina en esta antología es la presencia humana; alternan personalidades relevantes con ciudadanos anónimos con sus trajes de domingo o en sus quehaceres cotidianos y que figuran también en los demás apartados dedicados a escenarios y costumbres.

Esta línea dominante que preside la muestra me lleva a reflexionar brevemente sobre la importancia del retrato fotográfico, cualquiera que sea su forma, en la sociedad española del siglo XX. Para la mayoría de los españoles cuyo nivel de vida apenas se modificó desde el siglo XIX hasta hace unos cuantos lustros, la escasez de los recursos económicos los mantenía ajenos a cualquier novedad tecnológica. Últimamente se ha generalizado el uso de la cámara de vídeo en las familias obreras, sin que prácticamente hayan utilizado antes la cámara fotográfica. Eso refleja cuál ha sido el impacto de la televisión y del vídeo en estas capas sociales que apenas tuvieron acceso anteriormente a la prensa ilustrada y a la cámara fotográfica. Ésta, como instrumento de recreo familiar, quedó circunscrita a la burguesía acomodada.

El uso de la fotografía para las capas más humildes se limitó al retrato encargado a un profesional más o menos preparado que operaba en el estudio local o, incluso, como ambulante en ferias y mercados. Estos retratos que inmortalizan los grandes acontecimientos en la vida de sus protagonistas registran el bautizo, la primera comunión, la boda e incluso la defunción como esa niña muerta asturiana que figura aquí. Los grupos suelen ser escolares —aunque existe también el retrato individual tomado en el colegio con accesorios como el mapamundi o El Quijote. Hay también, por supuesto, los grupos tomados en talleres, cuarteles, seminarios u otros lugares de trabajo y de vida comunitaria.


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En la sociedad rural, la práctica individual de la fotografía parecía inalcanzable. Sin embargo siempre surgen algunos personajes emprendedores que, más que por el simple placer de registrar los acontecimientos familiares, encuentran en la fotografía un medio de vida y cuya obra constituye ahora un apreciado conjunto documental. En esta exposición figuran al menos tres casos significativos, además bastante distantes en el espacio y en el tiempo. Es el caso del manchego Luis Escobar que abrió un estudio en Albacete a principios de siglo pero cuya actividad se desarrolló principalmente en el medio rural donde compaginaba su actividad fotográfica con la de viajante comercial, transportando el material fotográfico y el muestrario a lomo de mula. De Escobar figura aquí el retrato de Las señoritas del Alto de la Villa, las sonrientes prostitutas albaceteñas que esperan al cliente jugando a las cartas.

Virxilio Vieitez. «Soutelo de Montes», 1960. Detalle (Pulse sobre la imagen para verla ampliada)Más tardío es el caso de Virxilio Vieitez, fotógrafo gallego recientemente descubierto, que empieza su trayectoria profesional en la década de los cincuenta, tras haberse iniciado al oficio cuando, de muy joven, estuvo buscando trabajo en Cataluña. Sus clientes eligen retratarse con los atributos de su fortuna: cabeza de ganado, aparato de radio, coche o vespino. La obra de Vieitez constituye un documento sociológico de gran interés que se puede comparar con la del cura Montserrat, aquel párroco mallorquín que, a principios del siglo, fotografiaba a sus feligreses posando ante una colcha floreada o un deslucido forillo pintado en trampantojo. En este caso, sin embargo, Tomás Monserrat remedaba de forma casera lo que se estilaba entonces en los estudios profesionales, con el personaje acomodado en un endeble velador cuyas patas se afianzan con dificultad en el empedrado del corral, o acompañados con unos objetos que se repiten en diferentes retratos como el ave disecada y un tanto apolillada que aparece en varias imágenes.

En esos tres casos de fotógrafos activos en medio rural y en ámbitos tan distintos como la Mancha, Galicia o la isla de Mallorca, nos ofrecen sendos ejemplos de crónica social circunscrita a un microcosmos, pero que difiere notablemente de la fotografía de aficionado que, a veces, puede crear cierto tipo de escenificación o, por el contrario, captar instantáneas de juegos infantiles o de grupos espontáneos. En el caso de esos tres fotógrafos, tanto por imposición profesional —en el caso de Escobar y de Vieitez— cuando el cliente les encarga realizar un retrato en determinada ocasión, o cuando el cura Monserrat fotografía a sus feligreses, se trata de retratos que reflejan el deseo experto del modelo de quedar fijado para la posteridad, aunque en la obra de Escobar haya también buen número de imágenes que reflejan la vida cotidiana, las faenas del campo o el bullicio de las ferias.

A estos autores limitados a un ámbito reducido, se contraponen las imágenes urbanas, como los retratos realizados en afamados estudios madrileños de Kaulak o de Christian Franzen a principios del siglo o los documentos informales que Goñi recaba de Alfonso XIII fuera de la rigidez del protocolo.


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En los primeros años sesenta irrumpe una nueva corriente promovida por jóvenes fotógrafos deseosos de sustituir el pictorialismo tardío y de desempolvar el fotoperiodismo al uso en prensa franquista. El grupo almeriense AFAL aglutina los esfuerzos de estos jóvenes que proceden de todo el país, principalmente de Barcelona y de Madrid. Son continuadores de la línea esbozada por Catalá Roca o Nicolás Muller, por ejemplo, y los Masats, Maspons, Miserachs, Pérez Siliquier, Pomés o Schommmer, entre otros, traen aire fresco a la producción española, imponen la noción de reconocimiento del autor y logran traspasar las fronteras con una crónica desenfadada de la realidad nacional, no exenta de ironía acusadora.

Los fotógrafos que se dieron a conocer durante la transición o inmediatamente después aportan aquí su visión de la España actual, unos más afines a la línea anterior como Chamorro, García Rodero o Trobat mientras otros se centran en series monotemáticas que reflejan ciertas formas de vida urbana como Trillo, Txema Salvans, García-Alix o Dávila u ofrecen aquí cierto tipo de paisajes en el caso de Cánovas, Casulá o Lobato, mientras Humberto Rivas mantiene la tradición del retrato en versión depurada.

Así se va recomponiendo este panorama de un siglo a través de varias decenas de fotografías, tanto obras de conocidos fotógrafos como de otras cuyos autores, en su momento, nunca actuaron con ambición alguna, sino con la simple aspiración de perpetuar la imagen de sus semejantes, sea por apego familiar, sea más bien por necesidad en busca de un medio de vida mediante la cámara. Cualquiera que fuera lo que animó a sus autores, estas obras poseen ese poder evocador que subrayaron tan acertadamente Walter Benjamin, Gisèle Freund o Roland Barthes.



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