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Soledad Puértolas




cuadro_verde.gif (46 bytes) El archivo fotográfico de un país es de una riqueza incalculable. El documento de la vida, del paso del tiempo, que supone una colección de fotografías que abarcan desde 1900 a 1975 es insustituible y da lugar a todo tipo de reflexiones. Porque en cada fotografía un fragmento de tiempo, un instante apresado que se desprende de todos los demás y que llega nosotros con ese aire de fugacidad que embarga al tiempo pasado y apresado.

Fugacidad y permanencia: los dos rasgos conviven en las fotografías, sobre todo, en lo que hace a los escenarios, ese entorno por el que los protagonistas, casi siempre anónimos, se han quedado petrificados en su deambular. Sabemos que andan, que se mueven, hacen gestos, hablan... Pero en las fotografías se han quedado mudos e inmóviles, el instante es eterno, inmutable.

Los escenarios, en cambio, no tienen voz propia ni pueden hacer gestos ni moverse por sí solos. Pero al ver las fotografías, sabemos que los escenarios no son inmutables. Los reconocemos a través de los cambios que se han ido produciendo en ellos, levantamos una a una las capas que en el transcurso de los años los han ido transformando y negamos al inicio del siglo. No dudamos: la madrileña Puerta del Sol emerge como algo cuyo significado no se nos puede escapar. Está la torre del reloj y los mismos edificios, aun cuando ya no la atraviesen los tranvías ni proyecten sobre ella su luz esas farolas, junto a las escaleras por las que se desciende, imaginamos, a los urinarios públicos. Los escenarios, que no son inmutables, constituyen, sin embargo, la parte más reconocible de la historia, la parte más próxima, porque hemos estado en ellos y nos pertenece ahora, por muchos que hayan sido los cambios que hayan experimentado.

Un mercado siempre es un mercado. Unas cebollas sobre una mesa son un bodegón eterno. Las vendedoras y compradoras no son las mismas, pero el espíritu del mercado callejero, montado en una plaza, es inmutable, la negociación, el trueque es inmutable.

Ver los tranvías atravesando la ciudad produce nostalgia. Esa parte del escenario ha desaparecido, como el mueble que, después de muchos traslados de una casa a otra, es al fin dejado de lado y pensamos luego que no hubiéramos debido deshacernos de él, que nos habría sido ahora de gran utilidad...


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Pero vienen a consolarnos los balcones de una casa de Cádiz a cuya puerta ejerce su oficio el casi desaparecido limpiabotas. El escenario, con todas sus mudanzas permanece. Del mismo modo, una vieja casa de Guadalajara, que quizá haya sido derribada, nos remite a casas que aún siguen en pie, a escenarios que aún son nuestros. Y una instantánea del muelle de Santander al atardecer, en el que paseantes de años pasados han sido detenidos, nos trae el recuerdo de todos nuestros paseos por los muelles, de todos los muelles vislumbrados de lejos, de todos los paseantes vislumbrados... Los paseos por los muelles no se han perdido; son, a su modo, inmutables.

Observamos, detenido en su amplio paso, al hombre que conduce a los pavos por la calle, vemos los adoquines, que quizá ya hayan sido sustituidos por asfalto, pero están los bancos para que el transeúnte cansado y ocioso se siente un rato, están las farolas y los troncos de los árboles, está una parte de la ciudad que conocemos y que también permanece.

Y el parque, todos los parques de nuestra infancia, ¿cómo no íbamos a reconocerlo? Aquellas amas de las que nos hablaban, aquellas damas tocadas con sombreros de ala ancha y capelinas sobre los hombros, los niños envueltos en encajes y tiras bordadas: eso es el pasado. ¿Pero no es éste el parque que acabamos de atravesar y que nos ha hecho recordar nuestra infancia, todas las infancias de los parques?

¿Y el mar, la playa de Gijón, no son el mismo mar y la misma playa de siempre, de Gijón, de cualquier otro lugar? Escenarios casi inmutables habitados por veraneantes de los años veinte y cincuenta que usaban bañadores mucho más púdicos que los que hoy utilizamos, las sombrillas y casetas de baño de lona de rayas, todas iguales, lejos del desorden que hoy reina en nuestras playas. Pero el mar y la arena permanecen. Y la atracción del agua, el baño entre las olas.

El campo de nuestros recuerdos también está ahí, como el pentimento de los cuadros, bajo las transformaciones de los campos que hoy dejamos a ambos lados de las autopistas. Y las estaciones, los raíles de los trenes que de repente se entrelazan y anudan. El tren está en el origen de todos nuestros viajes. El tren, que tanto ha cambiado, es también eterno.

Los viejos comercios, llenos de olores ácidos de vinos jóvenes y sidra, nos traen, en cambio, a la memoria un tiempo casi perdido del todo. Pero quizá no se haya perdido del todo, es posible que deambulando un día por una pequeña ciudad lo encontremos y entremos en él, atraídos por el olor, por el calor que lo llenan. Vivimos entre recuerdos y recuerdos de recuerdos, muchas veces somos invadidos por la sensación de haber conocido ya lo que acabamos de descubrir. La memoria atesora imágenes y sensaciones, y de pronto, vuelven a nosotros porque hay algo eterno en esas sensaciones, algo que nunca se pierde del todo.

Y las salas de juego, los futbolines… Hoy las llenan máquinas mucho más ruidosas, de luces fluorescentes. Pero sigue el juego.


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Más allá de poder comentar cada una de las fotografías reunidas en esta muestra, porque de todas ellas se podría hablar y elucubrar mucho, lo que me impresiona, lo que me ha hecho reflexionar es que los escenarios, que acogen en su seno a todo un desfile de personajes, unos protagonistas y con nombre propio, personajes conocidos, reconocidos, y otros anónimos, cuyos nombres se nos escapan como, una vez que la cámara de fotos los ha inmovilizado sobre el celuloide y el papel, ellos mismos se nos van de nuestra vista. Siguen viviendo. Quizá muchos de ellos nunca se enteraron de que el ojo de una cámara los escogió y los fijó en nuestra memoria.

Anónimo. «Manifestación estudiantil», 1968. Detalle (Pulse sobre la imagen para verla ampliada)Pero hay en la muestra una fotografía que me es particularmente cercana y no puedo evitar hablar un poco de ella. Madrid. Ciudad Universitaria. Mayo de 1968. Es anónima. Pertenece al archivo de la agencia EFE. A ambos lados de la foto, dos policías, de aquellos que se llamaban «grises» a causa del uniforme gris de franela que vestían, montados a caballo, están en actitud de acecho, prontos a salir al galope. Yo estaba allí. Recuerdo haber pasado corriendo junto a la barricada deshecha, corriendo como nunca porque aquel día era un día especial y de ningún modo podría acabar en la comisaría. El miedo que he pasado en las manifestaciones de la época universitaria era cerval y debo reconocer que no me arriesgaba mucho. No me metía en el núcleo de la manifestación y nunca llegaron a detenerme. Pero ese día la detención hubiera sido un auténtico drama. A las ocho de la tarde, en el bar del Hotel Wellington, mi familia conocería a la familia de mi novio. Nos casamos el quince de julio, dos meses después de aquel día en que las familias se conocieron. Mientras corría desesperadamente por la avenida de la Universidad, sólo pensaba en eso: no nos pueden detener.

Miro ahora la foto y acude a mis labios una sonrisa. El anónimo fotógrafo que la sacó se arrimó mucho a los caballos, me digo, pero consiguió una foto espléndida. Los edificios de la Ciudad Universitaria destacan por su horizontalidad, y ese pequeño grupo de estudiantes junto a la barricada parece sencillamente eso: un pequeño, pequeñísimo grupo.

No era tan pequeño, desde luego, había mucha gente detrás. Fue una manifestación importante, un hito en la laboriosa —y relativamente pequeña— historia del movimiento estudiantil que no cesó hasta la llegada de la democracia.

Esta anónima fotografía no sólo pertenece, ni mucho menos, a mi historia personal. Es un documento que recoge el inicio del fin de una época, el franquismo. Por eso me parece adecuado terminar este comentario con ella. Los personajes ya no estamos allí. El tiempo ha transcurrido y se han producido muchos cambios. Algunos, tan importantes como el que acabo de mencionar: la instauración, aunque lenta, de la democracia. Pero sí, el escenario sigue. Los escenarios, mudos, sujetos a innumerables transformaciones, en ocasiones aún son reconocibles, aún permanecen, y, cuando eso sucede —como en el caso de la fotografía en la que de golpe reconocemos la madrileña Puerta del Sol—, sentimos una especie de alivio. Quizá porque necesitamos que algo permanezca, que algo sea siempre reconocible bajo la constante extrañeza que nos produce el vertiginoso mundo.

Abril de 2000




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