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El gran cubo de Palacios (3 de 3)

Palacios utiliza este curioso accidente que le brinda el lugar para marcar el cambio de plano del objeto, y acomodar el sistema a la siguiente cara del cubo. El machón de granito que marca la esquina se prolonga hasta cubrir la zona ocupada por la casita de la entrada a los jardines, para continuar después con el orden monumental, aunque ahora el acabado es distinto. El acontecimiento tectónico que marca un mundo de huecos y sombras profundas en las fachadas que dan a la calle se suaviza en esta cara. Las columnas han sido sustituidas por pilastras para formar un plano neutro, telón de fondo que cede el protagonismo de la película a la diosa Cibeles.

La organización interior del edificio es muy novedosa para la época. Totalmente consecuente con la concepción del objeto unitario, tiene mucho que ver con el edificio de oficinas que había realizado el arquitecto norteamericano Frank Lloyd Wright en 1904, el Larkin Building, que probablemente conociera Palacios. En el perímetro se alojan los despachos, iluminados por las grandes cristaleras, y en el centro el «gran cubo de aire y luz cenital»5 que hacía llegar la luz natural incluso hasta el sótano por medio de una gran losa de baldosas de vidrio. Como es sabido, este magnífico volumen fue tristemente cercenado por la avaricia de metros cuadrados de sus anteriores propietarios, que lo rellenaron de despachos. Se anuló así una depurada estructura metálica vista y una rica decoración, que envolvía un volumen espectacular, lo que supuso una pérdida irreparable para el patrimonio arquitectónico español que ojalá pueda ser recuperada en algún momento.

La buena calidad de la arquitectura de Palacios no radica solamente en el éxito de su obra como elemento iconográfico de la ciudad, que quedó ya patente en la exposición sobre su obra que se realizó en el Círculo de Bellas Artes en el año 2001, sino también en las cualidades utilitarias de su arquitectura, en el manejo de los materiales, la solidez constructiva de sus edificios y su durabilidad, la calidad de la iluminación y la ventilación naturales, la organización de las distribuciones o la instrumentación de los vacíos y los llenos. Todo está definido por el arquitecto hasta el último detalle, que debía de dibujar mucho en las obras. Los proyectos que nos han llegado son poco más que un cartapacio con ocho planos y una breve memoria manuscrita (un proyecto de esta envergadura hoy en día exigiría miles de folios y cientos de planos para cumplir el expediente administrativo y contemplar toda las normativas). Palacios se apoya con total confianza en unos oficios de primera calidad, como por ejemplo la cerrajería de las ventanas y de la puerta de entrada, que es un prodigio hoy inalcanzable para el más lujoso de los edificios.

Este contenedor, este cubo de depuradas facetas, es un objeto de precisión, un edificio pensado para un tiempo y un lugar, en la madurez artística de un arquitecto con mucho oficio, que supo resolver con elegancia y eficacia todas las caras del problema. No hay más que observar hoy en día su estado de conservación, la solidez de sus detalles, la calidad y nobleza de sus materiales, para apreciar la obra bien construida, capaz de cambiar de uso y adaptarse con extraordinaria solvencia a las nuevas necesidades de sus inquilinos. Es un edificio construido para perdurar. El cubo de Palacios ofrece hoy al Instituto Cervantes, noventa años después de su inauguración, un contenedor de gran calidad, como ya lo hiciera el Banco Mercantil a la Comunidad de Madrid hace unos pocos años y el Palacios de Comunicaciones al Ayuntamiento de la capital, que se traslada también en los próximos meses. Las instituciones han puesto sus ojos en la obra de uno de los arquitectos que más y mejor ha influido en el carácter del Madrid que hoy crece sin echar la vista atrás.

Jacobo Armero, julio de 2006.

La fachada en la esquina principal del cubo.

La fachada en la esquina principal del cubo.

Detalle de las cajas de seguridad de la cámara acorazada.

Detalle de las cajas de seguridad de la cámara acorazada.

Emblema del Instituto Cervantes en la fachada principal del edificio de Antonio Palacios.

Emblema del Instituto Cervantes en la fachada principal del edificio de Antonio Palacios.

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  • (5) Citado textualmente de la memoria del proyecto. volver
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