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El gran cubo de Palacios (1 de 3)

La capacidad de algunos edificios para ordenar los espacios urbanos y convertirse en una referencia del entorno en el que se construyen es determinante para el correcto funcionamiento de la ciudad. Por ejemplo, en el Madrid de hoy, en los nuevos barrios producidos para resolver la ingente expansión de la periferia, no se ha tenido en cuenta esa función, y la urbe residencial ha crecido huérfana de esos objetos reconocibles, que ayudan al ciudadano a orientarse y situarse.

En un Madrid en plena transformación proyectaron también los arquitectos Antonio Palacios Ramilo (1847-1945) y Joaquín Otamendi Machimbarrena (1874-1960) la nueva sede del Banco Español del Río de la Plata. En los años diez del pasado siglo, unos pocos metros más arriba de la esquina del solar de la calle del Barquillo con la de Alcalá se están iniciando las demoliciones que van abriendo paso a la Gran Vía. Un poco más abajo, en la unión de la vaguada de la calle Alcalá con la del Paseo del Prado, Palacios y Otamendi dirigen las obras del Palacio de Comunicaciones, que avanzan a buen ritmo, encauzando el crecimiento de la capital hacia el norte a lo largo del paseo de la Castellana. Será este gran espacio en obras el que marque las pautas del proyecto para la que hoy se convierte en sede del Instituto Cervantes. Desde la caseta de la obra de Correos, en la que prácticamente debieron de tener instalado su estudio durante estos años, Palacios y Otamendi viven todos los días en el espacio en el que proyectan y construyen simultáneamente, calibrando las dimensiones, sopesando las escalas.

Cuando recibe el encargo, Palacios1 está dedicado también a las obras del Hospital de Maudes, que, como Correos, es un edificio que se extiende en el plano horizontal y está compuesto con un lenguaje de marcado carácter regionalista. Pero con este nuevo encargo, el arquitecto elige un camino nuevo. Se dirige hacia una arquitectura que se alza en vertical, y se articula con un lenguaje clásico «modernizado»2. Intuye que este espacio y este momento están pidiendo un edificio que pueda ser percibido por el ciudadano como una unidad capaz de ordenar la ciudad, un objeto que supere definitivamente la composición del edificio como una suma de planos de fachada. Esta nueva arquitectura, que le dará a Madrid esa dimensión metropolitana de las grandes ciudades norteamericanas, será la que marcará su producción más brillante.

La nueva sede del Instituto Cervantes es pues una referencia central tanto para el Madrid de los años diez como para el conjunto de la obra de Palacios. A lo largo de unos pocos meses, el arquitecto elabora un sistema arquitectónico propio y muy personal, que aplicará después en sus edificios comerciales y que terminará descomponiendo en el magnífico Círculo de Bellas Artes. A través del análisis de los tres dibujos que hoy conocemos en los que Palacios fue previendo su obra, se puede seguir el proceso de invención de ese estilo tan personal. En el primero (Ilustración A), el edificio aparece como un plano frontal. La fachada se ordena de un modo clásico muy tradicional, con una primera planta que funciona como basamento, un cuerpo central y otro de coronación, dominados todos ellos por una gran cúpula.

Detalle de una de las cariátides de la fachada principal.

Detalle de una de las cariátides de la fachada principal.

Ilustración A. Alzado a la calle de Alcalá (1910). Foto Archivo Armero.

Ilustración A. Alzado a la calle de Alcalá (1910).
Foto Archivo Armero

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  • (1) Si bien desde el punto de vista estrictamente documental la obra está firmada por los dos arquitectos, no hay duda de que la autoría es de Antonio Palacios, por lo que en adelante me referiré a él exclusivamente. volver
  • (2) Citado textualmente de la memoria del proyecto. volver
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