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El antiguo Banco Español del Río de la Plata (4 de 4)

El Banco Español del Río de la Plata fue un ejemplo sobresaliente de la obsesión de Antonio Palacios por replanificar urbanísticamente a la ciudad, de engrandecerla, lo que en gran medida, lograría en Madrid, como uno de los principales responsables del cambio en su imagen.

A raíz de la integración de la entidad bancaria en otra similar, el Banco Central, fundado en 1919, el edificio se convirtió en la sede principal de este, respetando con el cambio su arquitectura, a excepción de algunos ornamentos, como la cartela con la nueva denominación y el reemplazo de la alegoría femenina citada por un gran reloj circular, metáfora del correr de los tiempos, que parecen querer sustituir la sólida y profunda virtud de la sabiduría por la prisa y la velocidad.

Más adelante, durante la posguerra, se produjo la principal alteración interior del Banco, cuando se le encargó en 1944 al arquitecto Manuel de Cabanyes la adecuación del sótano, hasta entonces vacío, para alojar las cajas generales de seguridad, la interesantísima cámara acorazada que todavía se conserva y a la que se accede por una gran puerta circular y maciza; la unificación de la cota de planta baja, eliminando la distinción de usos, de atención y administración, mediante la construcción de un forjado a la catalana, con tabicas de ladrillo hueco doble y triple tablero de rasilla; y el cierre del patio a la altura del nivel principal, para lograr más superficie útil, aun a costa de desvirtuar la principal aportación compositiva de Palacios y Otamendi, ese gran hueco de aire y luz.

Además, se amplió el Banco a costa del derribo y nueva construcción del edificio medianero de la calle Barquillo, cuya fachada repite miméticamente el esquema compositivo de la primitiva y en el que se dispuso la gran sala de juntas de accionistas, en planta semisótano, y en la baja el área de relación con el público, el acceso desde dicha vía y la escalera principal, así como un impresionante hall central, en torno al cual se distribuyen las nuevas dependencias, reproduciendo la idea de Palacios de crear un patio interior cubierto por un lucernario vidriado, si bien ahora de doble altura y planta rectangular, no destinado a las operaciones administrativas, sino al cliente. Por otra parte, la adición supuso una modificación espacial de la planta baja del banco primitivo, con el fin de resolver la unión, suprimiendo, lamentablemente, la rotonda y despachos de gerencia, así como la escalera principal, los cuales fueron sustituidos por aseos generales y nuevas comunicaciones, e incorporando una escalinata de conexión entre ambos sectores.

A partir de 1991, tras la fusión del Banco Central y el Hispanoamericano, se produjo el aumento de miembros del consejo, hecho que obligó a transformar el antiguo salón de juntas de accionistas, el ubicado en el semisótano de la ampliación, en sala de reunión para aquéllos, con la consiguiente modificación de decoración y mobiliario. También coincide esa fecha con el inicio del abandono del edificio, pues quedó relegado desde el punto de vista institucional a las reuniones de la asesoría jurídica y a ruedas de prensa, uso este que incluso mantuvo al crearse el Banco Santander Central Hispano en 1999 y hasta su venta posterior.

Hoy se abre un nuevo futuro para el que fuera Banco Español del Río de la Plata, casi un siglo después de su gestación por los arquitectos Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, su conversión en sede del Instituto Cervantes. Atrás quedan los vanos intentos para su adecuación como dependencias municipales, una vez adquirido él inmueble por el Ayuntamiento de Madrid en el año 2000, y también su pérdida por parte de este y a favor del Ministerio de Economía y Hacienda, al haber servido de moneda de cambio, junto a los también municipales antiguo Banco de Vizcaya y Palacio del Marqués de Salamanca, por el Palacio de Correos y Telecomunicaciones, curiosamente de los mismos arquitectos Palacios y Otamendi. Ha querido el Ayuntamiento con esta operación presidir el eje de la calle de Alcalá y el de los Paseos del Prado y Recoletos, trasladando a este palacio su sede principal, justificado por la escasez de espacio de la actual Casa de la Villa, además de por su monumentalidad arquitectónica, más próxima a la representatividad de los poderes públicos.

En cuanto al antiguo Banco, el popularmente conocido como edificio de «las Cariátides», si bien el Estado decidió asignarlo al Tribunal Constitucional, opta ahora por el fin cultural, aprovechando sus 13.000 m2 para disponer con mayor holgura las instalaciones del Instituto Cervantes, quien abandonará así su, hasta la actualidad, también emblemático emplazamiento en el Palacete de la Trinidad, de la calle Francisco Silvela, obra del arquitecto Luis Alemany en 1928. Cambia así el Instituto sus oficinas, de un palacete que en su origen dominó un paisaje rústico, haciendo gala de una vanidad burguesa que se materializa en su tardío estilo regionalista, a un edificio plenamente urbano, sometido a la planificación, y no por ello menos suntuoso, proyectado para un poderoso banco con el propósito de simbolizar la renovación del «Antiguo Madrid».

Ricardo Aroca Hernández-Ros | Decano del COAM
Servicio Histórico del COAM

Puerta de acceso a la cámara acorazada. Foto Adrián Vázquez.

Puerta de acceso a la cámara acorazada.
Foto Adrián Vázquez

Detalle de la puerta de la cámara acorazada.

Detalle de la puerta de la cámara acorazada.

Fachada de la ampliación del edificio (calle Barquillo). Foto Estudio C. Portillo.

Fachada de la ampliación del edificio (calle Barquillo).
Foto Estudio C. Portillo

Columnas de la fachada de la calle Barquillo.

Columnas de la fachada de la calle Barquillo.

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