Para el madrileño la monumental fachada del «Edificio de las Cariátides» es uno de los hitos de la ciudad, que debe un buen número de sus iconos arquitectónicos a la paradójica figura de Antonio Palacios, símbolo, al tiempo, de la renovación de Madrid y de su resistencia a adoptar los aspectos formales de la modernidad, precisamente cuando intentaba salir de su condición provinciana para convertirse en una metrópoli a la europea.
Antonio Palacios Ramilo (Porriño 1874–Madrid, 1945) se titula en 1900 por la Escuela de Arquitectura de un Madrid en plena efervescencia renovadora; En esos años se está construyendo la alternativa Ciudad Lineal de Arturo Soria, ejemplo de urbanismo de vanguardia, iniciada en 1896, se aprueba el proyecto de José López Sallaberry y Francisco Andrés Octavio para abrir la Gran Vía, por una Real Orden de 1904, aun cuando su ejecución no comenzaría hasta seis años después; y se produce la revolución de los medios de transporte, en especial con la aparición del tren metropolitano (en adelante «Metro»), propuesto en 1914 por los ingenieros González Echarte, Mendoza y Otamendi.
Antonio Palacios acabó resultando el profesional y artista de la época con mayor incidencia en la transformación de la imagen arquitectónica de la ciudad, a sus sueños e ideales de monumentalización urbana se unían su carácter y personalidad, conceptualmente barroco, clasicista y ecléctico a la vez, ajeno a todo convencionalismo, sin estilo y sin escuela. Estos rasgos caracterizan una producción técnicamente avanzada, que resulta formalmente anacrónica por su coincidencia cronológica con los orígenes del movimiento moderno en Europa.
Cuando el arquitecto recibe el encargo de proyectar el Banco Español del Río de la Plata en 1910, objeto de este texto, se halla inmerso, junto a su habitual colaborador y compañero Joaquín Otamendi Machimbarrena (San Sebastián, 1874–Madrid, 1960), en la construcción de su obra más emblemática: el Palacio de Correos y Telecomunicaciones de Madrid, nacido con voluntad de ordenación y focalidad urbana, en el que volcará, por vez primera, su singular modo de entender la arquitectura.
Este edificio, desbordante de monumentalidad, venía a presidir la Plaza de Cibeles, compitiendo con otros palacios anteriores, el de Buenavista, el de Linares o el del Banco de España. En Correos, Palacios pretendía, además, acotar la perspectiva de la bajada de la calle de Alcalá, que sirviera de cierre visual a esta arteria, por otra parte, una de las principales salidas del viejo casco, a modo de telón de fondo para la nueva representatividad de la ciudad. El arranque de la citada Gran Vía desde la calle de Alcalá, apenas a 350 m de la plaza, enfatizará aún más los valores del Palacio de Correos y también propiciará la creación de otros edificios monumentales inmediatos, sedes de instituciones sociales, financieras o culturales.
Por otro lado, su camino hacia la expresividad arquitectónica, sin renuncia al funcionalismo, su voluntaria adopción de códigos barrocos en el entendimiento del edificio, en sí y en su implantación urbana, se refleja en las obras de Palacios desde su origen y, por tanto, en las de su primera etapa, ya sea en solitario o en colaboración con Otamendi, relación esta que se prolongaría hasta 1918. Sirvan a modo de ejemplo las actuaciones reseñadas del Palacio de Correos y el Banco del Río de la Plata, que ahora se desarrollará, y también el contemporáneo Hospital de Jornaleros de la calle de Maudes de Madrid (1908-1916), este de acusada horizontalidad y, frente al primero, de carácter cerrado, a excepción de la capilla. Y es que se concibe este edificio como una ciudadela, cuya actividad, ajena al mundo exterior, queda volcada hacia dentro, desconocida, intransmisible, y sin embargo, a pesar de enclavarse en un barrio residencial, entonces modesto, cuenta con la misma ambición de hacer ciudad, núcleo simbólico de una nueva planificación urbana, que habría de reconducir la mala fortuna, a su juicio, del desarrollo de Madrid.
En estas circunstancias profesionales de Palacios y Otamendi y en este devenir de la ciudad, se enmarca la realización del Banco en la calle de Alcalá, con un sentido nuevo, a modo de hito urbano, aprovechándose de su emplazamiento en esa vía institucional, en un solar en esquina con la también importante calle del Barquillo, y de su promotor, el cual propicia la materialización arquitectónica del sólido poder económico, templo del dinero, cuya suntuosidad debía resultar apabullante.
Detalle de las columnas de la fachada (calle Alcalá).
Foto Estudio C. Portillo
Edificio del Banco Español del Río de la Plata, desde la acera del Banco de España de la calle de Alcalá (1931).
Institut Amatller d'Art Hispànic. Arxiu Mas
Anuncio de Banco Español del Río de la Plata (1914).
Biblioteca del Banco de España.
Portada del diario ABC. Al fondo se aprecia la parte superior del Banco Español del Río de la Plata.