Cuando Erramun Landa me invitó a su estudio a contemplar su última obra, mi sistema mental (esa sucia telaraña tan propia de cada uno), y aún hoy ignoro cómo, relacionó con un poema de Richard Dive aquellos cuadros que el autor abría delante de mí como si fuesen flores de niebla. Había conocido a Dive sólo unos días antes. Es un poeta de Ciudad del Cabo, del District Six, y fue un activo luchador anti apartheid y negro. Casi lo recordaba de memoria. Aquel poema de Dive poseía, ciertamente, una gran similitud con aquella atrevida bandera que Erramun me estaba mostrando.
Soy Johannesburgo, Durban y Ciudad del Cabo
Soy Langa, Chastsworth y Bontehuewel
Soy discusión, argumento y debate
No puedo reconocer las fronteras de la palma
Ni las noches llenas del latido de lo primitivo
Soy buses, taxis y trenes
Soy la Suráfrica urbana
Tanto la última obra de Erramun como las sencillas palabras de Dive, cada uno en su código, proclamaban a los cuatro vientos el derecho a la contradicción y la suma de contrastes. Me alegré por Erramun, sabía que había estado buscándolo los últimos años. Pero preferí no decir nada. Permanecí callado dejando que los contrastes, las antítesis y las estrictas fórmulas del blanco-negro me emborracharan por completo. No podía expresar de otra manera lo que aquellos cuadros me sugerían. En aquel naufragio de viejas estructuras era visible la dulzura de la violencia, los derrames de sólidos, las piedras que flotan. La lista es indisciplinada. Montes con puertas. Cancillas que simulan luces en el aire. El arco iris de los siete aros negros. Aquellas acertadas definiciones me impresionaron como rara vez se impresiona uno a lo largo de su vida. Sabía que Erramun andaba cerca, pero no lo esperaba tan de golpe.
Lo que antes fueron toscos apuntes, ahora son manchas dulces. Ha vuelto a la oscuridad pero lo que antes fue grito, ahora es beso. Y en esa dialéctica establecida entre los volúmenes trae ante nosotros el vacío condenado a la búsqueda de la huída, pero no para que lo observemos lascivamente, sino para que aprendamos a leerlo. Como siempre, avergonzado, evitando lo obvio, en esa lengua que sólo Erramun sabe.
Aquella tarde, salí ebrio de dulces puñetazos del taller de Erramun. Crucé el Casco Viejo. Alguien había perdido unas gafas, como hace siglos Aresti. Ya en casa, leí de nuevo el poema de Dive, y reparé en que había olvidado un trinomio, el más orgánico.
Negro. Oxígeno. Materia.
Íñigo Arambarri
Erramun Landa