Por José Luis Colomer
Hoy en día existen en Nueva York siete cuadros de Velázquez y otras tantas obras que alguna vez fueron atribuidas al pintor y son ahora adscritas a su taller. Una cifra nada desdeñable, teniendo en cuenta que la producción total del artista ronda el centenar de lienzos (120 a lo sumo, contando los pintados en colaboración con otros colegas y los que se consideran dudosos) y que casi el 80% de esa cantidad se encuentra en España, fundamentalmente en el Museo del Prado.
John Christen Johansen, Henry Clay Frick, óleo sobre lienzo. Nueva York, The Frick Collection.
Si a las pinturas conservadas en Nueva York añadimos las que se encuentran en otros museos norteamericanos, resulta que actualmente los Estados Unidos presentan la mayor concentración de obras del maestro español fuera de España, sólo superada por el conjunto de los trece Velázquez de Gran Bretaña, y más importante —numéricamente hablando— que los seis maravillosos retratos que han quedado en Viena como resultado de la estrecha vinculación familiar y política con Madrid en el siglo xvii, o que los escasos dos lienzos de escuela velazqueña que tiene el Louvre, donde el maestro español está prácticamente ausente.
Lo interesante de los velázquez neoyorkinos es que, en su inmensa mayoría, fueron adquiridos entre 1880 y 1914, por algunos de los más distinguidos protagonistas de la época dorada del coleccionismo en los Estados Unidos: Henry G. Marquand (1819-1902), Benjamin Altman (1840-1913), Henry C. Frick (1849-1919), Jules S. Bache (1861-1944) y Archer M. Huntington (1870-1955). Todos ellos fueron patrocinadores de los nacientes museos americanos o fundadores de colecciones abiertas al público después de su muerte. Constituyeron, junto con otros grandes aficionados al arte como John Pierpont Morgan o Henry y Louisine Havemeyer una especie de aristocracia del dinero, con inmensas fortunas procedentes de la industria y los ferrocarriles, la banca y el comercio. Aunque (con la notable excepción de Huntington) no se especializaron en arte español, siendo hoy más conocidos por su afición a otras escuelas europeas, es muy significativo que atesoraran los lienzos de Velázquez entre las obras maestras de sus colecciones, emulándose entre sí y en más de un caso rivalizando por conseguir las escasas obras del artista español en el mercado internacional.
![[Fotografía] Henry O. Havemeyer](../../img/coleccionismo_eeuu/havemeyer1.jpg)
Henry O. Havemeyer, fotografía tomada en París, 1889.
Louisine, esposa del coleccionista Henry O. Havemeyer
Gracias a la abundante información conservada en los diarios, correspondencia y libros de cuentas de estos coleccionistas nos es posible hoy reconstruir las relaciones que mantuvieron entre sí y con obras velazqueñas que ahora cuelgan en las salas del Metropolitan Museum (Cristo y los discípulos de Emaús, La Infanta María Teresa, Felipe IV), en la Frick Collection (Felipe IV en Fraga) y en la Hispanic Society of America (Retrato de niña, Cardenal Camillo Astalli, Conde Duque de Olivares). La reunión de datos dispersos y en gran parte inéditos permite aclarar la afinidad personal que sintieron estos amantes del arte por el pintor sevillano, revelando a la vez la intervención de marchantes europeos y expertos españoles que los asesoraron, así como la mutua influencia que ejercieron unos sobre otros al reunir, aumentar y exponer sus colecciones al público.
Estas jornadas se proponen trazar una historia de los orígenes del gusto por el arte español en los Estados Unidos, contada a través de los primeros coleccionistas de sus obras en este país. Una historia de grandes ambiciones personales y de orgullosa posesión de tesoros artísticos, pero también de gran generosidad y sentido cívico, sentimientos a los que deben su origen buena parte de los museos norteamericanos.