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Santiago de Compostela

Doña Urraca

De tan discutido personaje conocemos la fecha aproximada de su nacimiento, en torno al año 1079, y la exacta de su muerte en la localidad palentina de Saldaña, el 8 de marzo de 1126. Era la hija primogénita de Alfonso VI y de Constanza de Borgoña. Para estrechar lazos con el condado de Borgoña, Urraca matrimonió con Raimundo de Tolosa. Entre las posesiones de la pareja, destacaban los condados de Portugal y Galicia, y entre los personajes más próximos a su corte, sobresalía don Diego Gelmírez. Con ambos datos, ya se intuye el modo en que Urraca quedó vinculada al destino gallego.

En 1107 pereció Raimundo. Como candidata al trono que iba a dejar vacante Alfonso VI, Urraca se sumió en las intrigas sucesorias. Contrajo nuevas nupcias con Alfonso el Batallador, rey de Aragón y de Navarra. Aunque las inclinaciones sentimentales de la contrayente favorecían al conde de Candespina, Gómez González, tuvo que ceder a esa decisión matrimonial tomada por su padre agonizante. Sin duda, la relación entre Alfonso y Urraca no fue apacible. Como el Batallador favoreció a sus leales aragoneses, el conde de Traba resolvió que Alfonso VII, hijo de Urraca, debía ser el monarca de una Galicia independiente. La decisión, como es fácil de intuir, acabó dirimiéndose en el terreno de las armas. Para hacer frente a los infantes y caballeros aragoneses, Pedro Arias, quien era señor de Deza, y Gelmírez, por entonces arcediano de Compostela, comenzaron a reunir a sus combatientes. Entre luchas y negociaciones, Urraca hizo lo posible para que se declarara nulo su enlace con el Batallador. En brazos del conde Gómez González, Urraca halló cobijo en el monasterio de Sahagún.

En 1110, poco antes de lanzarse a una campaña de castigo contra las plazas castellanas, los hombres del rey aragonés encerraron a Urraca en la fortaleza turolense de El Castellar. A estas alturas, el drama familiar adquiría ya visos de tragedia. Su complicación nos lleva a seguir el texto biográfico realizado por Óscar Perea Rodríguez, idóneo para reconstruir esta crónica por medio de sus detalles esenciales. Frente a los avances del Batallador, fue el conde de Candespina quien encabezó la resistencia y quien envió a dos de sus leales para que rescataran a Urraca. Como eficaz intrigante, Gelmírez y otros nobles tomaron entonces como rehén al príncipe Alfonso. A estas alturas, todo parecía ir en contra de Urraca. Para colmo de males, Gómez González pereció combatiendo en la batalla del Campo de Espino (1111) a las tropas del rey aragonés, a las cuales se habían sumado las de Enrique de Borgoña, rey de Portugal y cuñado de Urraca. Por sorpresa, este último traicionó la confianza de Alfonso el Batallador, acaso influido en la decisión por su esposa, Teresa, quien era hermana de la reina viuda. No obstante, la enemistad entre ambas hermanas no presagiaba nada bueno. Fue entonces cuando, con las picas y espadas aún ensangrentadas, Urraca decidió que había llegado el tiempo de reconciliarse con su marido. Con ello, la intriga alcanzaba un punto culminante, abierto a múltiples posibilidades.

Con el apoyo de su madre, Alfonso VII fue coronado en Santiago de Compostela el 17 de septiembre de 1111. La posibilidad de este reinado en Galicia no fue del agrado de Alfonso el Batallador, quien organizó un asalto a la comitiva real. Oportuno, Gelmírez salvó al hijo de Urraca, con quien ésta se reunió en 1112. Esta vez, la reina contaba con un nuevo favorito para capitanear a sus fieles: don Pedro de Lara. La guerra volvió a la estepa castellana, y lo cierto es que las luchas ni siquiera concluyeron cuando Urraca y el Batallador volvieron a reconciliarse. Con Pedro de Lara al frente de sus infantes y Diego Gelmírez intrigando a su favor, Urraca aún esperaba una victoria. Todavía hubo tiempo para una nueva reconciliación de nuestro feroz matrimonio. Claro que esta vez entró en acción Teresa, quien acusó a su hermana de planear el envenenamiento del Batallador. Por fin, el rey decidió repudiar a Urraca en 1114.

Víctima de maniobras y enemistades, Urraca asistió a la decadencia de su poder. Un nuevo enfrentamiento con Gelmírez condujo a la guerra civil en territorio gallego. «La menor edad de Alfonso VII —escribe Filgueira Valverde— favorece los planes de Gelmírez, que se desvanecen cuando el rey se reconcilia con Doña Urraca, su madre. (...) Pues, como en el Poema del Cid, la vanguardia castellana terminó aquí triunfando de la tradición galaico-astur-leonesa».

A instancias de Pedro Froilaz, conde de Traba, Alfonso VII defendió sus derechos sucesorios en Galicia y Castilla. En 1117 el arzobispo Gelmírez y Urraca firmaban el pacto del Tambre, mediante el que se concretaba la reivindicación alfonsina. Sin embargo, la contienda prosiguió en Santiago.

Durante el motín de 1117, Urraca y Gelmírez tuvieron que buscar refugio, huyendo del furor popular. Al decir de Perea Rodríguez, este lance acredita el talante de cada uno de estos personajes. «Gelmírez —escribe— arrancó la capa a un pobre vagabundo y escapó embozado, trepando por los tejados de la ciudad hasta refugiarse en la iglesia de Santa María. La reina Urraca fue violentamente atacada y despojada de sus ropas; pero aun así, en paños menores, plantó cara a los amotinados y les conminó a que expusiesen sus quejas, ayudando con ello a calmar la violenta situación». Aunque más tarde se vengó de los amotinados, Urraca dirigió en mayor grado su ira contra Gelmírez. De hecho, lo encarceló en 1121. «Pero para entonces —añade Perea— las cosas habían cambiado y Gelmírez se había ganado la simpatía de los compostelanos por haber organizado la exitosa defensa de las costas gallegas del año anterior, en la que repelió un ataque de piratas almorávides».

Aún conmovida por pasiones terrenales y sentimentales, doña Urraca murió, como ya dijimos, en Saldaña. Una vez cerrado ese ciclo de tribulación peninsular, heredó el trono de Castilla y León su hijo Alfonso.

Vista de unas casas compostelanas

Pasaje compostelano

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