Los versos de Rosalía son una ilustración romántica de su tierra y también un reflejo de su vicisitud personal, apasionante, conmovedora, dramática sin azoro. Venida al mundo en Santiago de Compostela en 1837, nuestra poetisa perdió la vida en Padrón, el 15 de julio de 1885. Cosa singular: incluso con tales datos —fríos en apariencia— cabe hacer literatura, y además de forma bien sugerente. Léase para advertirlo Mazurca para dos muertos, de Camilo José Cela: «Robín Lebozán —citamos— supone que Rosalía no vino al mundo en Santiago, como dicen los libros, sino en Padrón, de donde se la llevaron recién nacida para aliviar el dolor de su madre, deshonrada por un presbítero; si llegan a saber que, andando el tiempo, aquella niña habría de convertirse en el más grande poeta del país, quizá no se hubieran andado con tantas prisas y tan escasos miramientos; a poco más, la matan».
Hija natural de doña María Teresa de la Cruz de Castro y Abadía, y nacida de los amores de ésta con el eclesiástico José Martínez Viojo, Rosalía fue criada por dos hermanas del sacerdote, Teresa y Josefa. Este auxilio de sus tías sirvió para velar el escándalo que implicó su nacimiento. Posteriormente, recuperó el amparo materno, y cultivó este vínculo con un empeño sentimental que, a modo de desahogo, revela lo mucho que necesitó a su madre durante aquellos primeros años. En 1858, la joven contrajo matrimonio con un intelectual gallego y además galleguista, don Manuel Murguía, quien le ayudó a penetrar en el universo de los escritores. A modo de promotor, Murguía supo valorar las cualidades artísticas de su mujer, pero está menos claro que ambos formasen una pareja armónica, de esas que merecen la felicidad. Con todo, en los entreactos de esta complicidad literaria, Rosalía y su esposo engendraron siete hijos. La tempranísima muerte de uno de ellos, Adriano, perturbó los ánimos de la escritora, marcada en lo sucesivo por esa tristeza profunda y devastadora que acortó sus años de vida. Injusticias de la escritura: acaso sin esta melancolía no hubieran sido posibles algunas de sus mejores estrofas.
Animada en el oficio de las letras por su esposo, Rosalía cultivó la prosa con una fortuna más desigual que la que acompañó a su quehacer poético. Dentro de esta faceta narrativa, sin duda menos apreciada, cabe destacar las novelas La hija del mar (1859), Flavio (1861), Ruinas (1866), El caballero de las botas azules (1867) y El primer loco (1881). En el margen lírico, el talento de la escritora brilla con total esplendor, merced a sus magistrales poemarios. El ciclo de sus versos comienza con A mi madre (1863), de obvia connotación biográfica, y prosigue con Cantares gallegos (1863), Follas Novas (1880) y En las orillas del Sar (1884).