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Santiago de Compostela

Eugenio Montero Ríos

Todo un ejército de estatuas conmemora el pasado de Compostela. Y sin embargo, las hay que no homenajean como es debido a su personaje. Bien lo sabe Torrente Ballester, quien pide audiencia en el pétreo concilio y se queja por algún desdén poco defendible: «El monumento que Compostela dedicó al más ilustre de los políticos nacidos en su recinto, Montero Ríos, si respetable en el bronce, no lo es en la piedra: el que firmó el Tratado de París de 1900 merecía un soporte menos achaparrado». Habrá que buscar ese honor poco ensalzado en los libros, y sobre todo en la memoria, porque don Eugenio (1832-1914) dejó en su vida materiales para una apasionante biografía.

Jurista con propensión a la política, siempre, aun en la madurez, ratificó las normas del estudiante modélico. Véase su currículo: en 1859 ya era catedrático de Derecho Canónico en Oviedo; un año después, ocupó la misma cátedra en Santiago, y al cabo de cuatro, la equivalente de Madrid. Igualmente firme fue su trayectoria institucional: intervino en las Cortes Constituyentes de 1868; y lo nombraron subsecretario de Gracia y Justicia en 1870. En 1880 ingresó en el Partido Democrático Progresista, y aunque dejó esa bandería al cabo de un año, poco o nada le afectó en lo que a cargos y responsabilidades se refiere. Los españoles le deben, por poner tres casos, aportes esenciales a la Ley Orgánica del Poder Judicial, a la del Matrimonio y a la de Registro Civil. Sagasta lo quiso varias veces en sus gobiernos: en dos ocasiones como ministro de Gracia y Justicia, y una vez como depositario de la cartera de Fomento. De 1889 en adelante, dio nuevas muestras de oratoria, intuición y sentido de Estado como senador vitalicio. Sin duda, ésta fue una de sus dignidades, pero no la mayor. De hecho, Montero Ríos también fue presidente del Senado, del Consejo de Ministros y del Tribunal Supremo. Además, figuró como vocal de la sección primera de la Comisión General de Codificación. Todo ello explica por qué ocupó un merecido asiento en la Academia de la Historia y de Ciencias Políticas.

Para comprender y resumir en su propia voz la talla intelectual del personaje, nos servimos de un texto reproducido por el equipo de Mª Carmen García Nieto. En dicho documento queda patente la importancia de Montero Ríos en la negociación del Tratado de París, donde se certificó la pérdida de las últimas colonias españolas: «Yo, con un gran temor de errar —escribe—, por efecto de mi insuficiencia, no era partidario; no lo fui jamás, ni lo sería hoy, del régimen colonial que España, desde los tiempos de los Reyes Católicos, había establecido para sus posesiones de América; yo no fui nunca partidario de ese régimen que se llamaba de asimilación y que consistía en considerar a las colonias como provincias de la monarquía. Siempre fui partidario de la autonomía colonial, y como era un sistema que aquí no imperaba, que no había imperado jamás en los tres siglos que precedieron al actual; y que, en efecto, estaba en oposición con todas nuestras instituciones coloniales, suponía yo que estaría en un error».

Escudo nobiliario en piedra

Escudo nobiliario

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