De este escultor y arquitecto (1150-1200) se tienen datos fiables, sobre todo en torno a su actividad artística en las postrimerías del siglo xii. Para empezar, hay constancia de un legajo (1168) donde Fernando II sanciona su participación en la obra catedralicia de Compostela, fijando de paso el pertinente detalle burocrático. El destino es poco casual, dado que la ruta jacobea había sido una clara fuente de inspiración para nuestro artista. Recuérdese que las claves constructivas francesas viajaron por el Camino con el mismo tesón que los propios peregrinos. Con este impulso, el Románico peninsular subió de grado y alcanzó cotas como la que debemos al propio Mateo, autor de esa formidable creación que es el Pórtico de la Gloria. Aunque también mostró su talento en la cripta, en el coro y en el claustro, éstos se han perdido y no hay noticia de sus cualidades.
Los cimientos del Pórtico afirmaron su base en 1188, pero las tareas del Maestro fueron prolongándose hasta 1192. Celoso de su autoría y decidido a difundirla a través de los siglos, muy seguramente quiso Mateo quedar inmortalizado en la piedra. De ahí que firmara los dinteles y que esculpiera, según ha ido difundiendo la crónica, su retrato a los pies del parteluz, de rodillas frente al altar. Esta escultura, por otro lado, protagoniza una tradición notable; o más bien una lección de humildad, relacionada con el modo en que los fieles golpean su cabeza contra lo que éstos denominan o santo d’os croques, y que a efectos prácticos es la frente del Maestro. Acaso con ello se confirma la idea de que fue el arzobispo Suárez de Deza quien forzó tal mansedumbre en dicha composición, castigando así la pretensión de Mateo, quien originalmente deseaba figurar con honores en el Pórtico.
En una de sus crónicas compostelanas, Torrente Ballester se preguntaba si hablar del Maestro Mateo no implica incurrir en pecado literario, acumulando así retórica sobre la figura del artista. Al final, le parecía mejor al escritor gallego dejar limpio de palabras a creador del Pórtico de la Gloria. «Era humilde y creyente —señala—. Se retrató a sí mismo, en dura piedra, arrodillado frente al altar. Pudo haberse colocado entre las figuras más gloriosas, pero eligió lugar oscuro y actitud cristiana. (...) Aunque la otra lección, la labrada en dura piedra, hubiera justificado cualquier orgullo. Pero entonces Mateo no sería una elegante figura».