Al madrileño Pérez Lugín (1870-1926) le debemos la novela más popular de todas cuantas se ciñen al ambiente compostelano: La casa de la Troya (1915). Éxito de ventas inmediato, este relato estudiantil fascinó a los lectores de su tiempo y no tardó en ser adaptada a nuevos medios de expresión. Don Manuel Linares Rivas firmó la versión teatral, y el cinematógrafo nos ha servido el mismo argumento en múltiples ocasiones. Así, el propio Pérez Lugín dirigió en 1925 una primera adaptación junto a Manuel Noriega. Rodada por los operadores Josep Gaspar, Agustín Macasoli y Alberto Arroyo, la película disponía en su elenco protagonista de intérpretes como Carmen Viance, Pedro Elviro, Florián Rey, Luis Peña Sánchez y Juan de Orduña. Como saben los cinéfilos, Orduña y Rey fueron luego unos importantes directores de cine, apartados ya del campo de la actuación. El estreno de la cinta tuvo lugar en el madrileño Teatro de la Zarzuela el 28 de enero de 1925.
La pensión de estudiantes conocida como La Casa de la Troya fue de nuevo un escenario cinematográfico en 1936. En este caso, los directores de la cinta fueron Juan Vila y Adolfo Aznar, y los protagonistas, Tony d'Algy, Paulino Casado, José Cordero, Santiago Barat, Carmen Tierra, Dora Sánchez y Mimí de Alcázar. Las incidencias de la Guerra Civil impidieron que esta producción se estrenara a tiempo. Al fin, el primer pase tuvo lugar en el cine Rialto, de Madrid, el 27 de noviembre de 1939. Veinte años después, el realizador Rafael Gil filmó la mejor adaptación de la novela, con un excelente reparto encabezado por Ana Esmeralda, Arturo Fernández, José Rubio, Julio Riscal, Manuel Gil, Félix de Pomés, Manolo Morán, Félix Fernández y José Isbert.
A efectos literarios, se queja Torrente Ballester de que Santiago no tuviera la fortuna de disponer, entre sus profesores universitarios, de un Leopoldo Alas capaz de narrar la intensidad académica de la ciudad. En cambio, nos dice, contó con «un Pérez Lugín, que vio de Compostela lo más superficial y efímero, si bien gracias a su novela se sabía en España que en Compostela había una universidad». Pero, a partir de lo expuesto por semejante narración, «¿se le puede llamar universidad sin incurrir en error? El señor Pérez Lugín no se distinguió por su perspicacia». Recuerda Torrente Ballester que había en Santiago «una universidad mucho más atenta a lo que pasaba por el mundo de lo que pudiera suponerse o esperarse de su relato. Mas, para gusto de aquel autor, no era tema novelable».
La anterior digresión cinematográfica hubiera sido, con todo, del agrado de don Alejandro, cineasta pionero y responsable directo de una serie de películas que filmó y estrenó en 1922: Las baterías gallegas, Los novios de la muerte, Los que dieron su sangre por la Patria y Los troyanos de Zaragoza. No fue ajeno a esta vocación de nuestro novelista un productor de Carballino, Isaac Fraga Penedo (1888-1982), fundador de una empresa fílmica en 1908 y patrocinador de los filmes citados.
El costumbrismo sentimental de las obras literarias de Pérez Lugín propició otra serie de adaptaciones cinematográficas. En este caso, las beneficiarias fueron las novelas Currito de la Cruz (1921) y La Virgen del Rocío ya entró en Triana (1926). Del resto de su producción literaria cabe citar la obra que lleva por título Arminda Moscoso (1928).