La crónica de Gelmírez (1068-1139) ha crecido hasta dar sombra a la de los demás prelados compostelanos. En su devenir, se alternan inquietudes de muy distinto corte: el caudillo de hechura feudal, el gobernador discreto y con arte de prudencia, el intrigante capaz de lisonjear a múltiples vencedores, el gran benefactor episcopal tenido por máximo arquitecto urbano, el consejero de reyes que conoce bien el consuelo espiritual, e incluso, para qué negarlo, el medroso con propensión a la huida. No es difícil darse cuenta de que estas personalidades, aunque contradictorias en sus vectores y fisuras, encajan con un periodo histórico que las vuelve coyunturalmente útiles. La de Gelmírez es, por consiguiente, una semblanza que sorprende a pesar del lastre de los siglos: por variable, asombrosa y a ratos maquiavélica.
A grandes rasgos, los historiadores definen a quien fue vicario de Santiago y arzobispo de Galicia por medio de su enemistad con doña Urraca y por sus relaciones con la autoridad papal. Influido por los protocolos cluniacenses, buscó a leales de estirpe francesa, y comprendió sin titubeos que Compostela era el núcleo idóneo para un eclesiástico ambicioso como él. Vicario de la ciudad desde 1096, Gelmírez quiso extender su influencia, y en 1102 logró del papa Pascual II una autorización para nombrar cardenales a ocho canónigos de su iglesia. Con ello, iniciaba una carrera que no se limitaría a la burocracia eclesial.
El citado Papa no accedió a nombrarlo arzobispo en 1114, pero Gelmírez persistió en este afán hasta que obtuvo el nombramiento: primero lo solicitó de Gelasio II y al fin lo consiguió cuando fue elegido Calixto II. El 27 de febrero de 1120 la bula Omnipotentis dispositione concedía a la sede compostelana los «derechos metropolíticos de la antigua provincia eclesiástica de Mérida». El 2 de marzo de ese mismo año, otra bula ordenaba a los prelados de Coimbra, Salamanca y Ávila a reconocer al obispo de la sede compostelana como su propio metropolitano. Asimismo, don Diego pasaba a ser legado de la Santa Iglesia Romana. Habían pasado varios años desde aquella primera solicitud de Gelmírez al Papa. No obstante, pese a que la decisión vaticana ya había sido tomada, el arzobispo de Toledo, don Bernardo, ahora sufragáneo de Compostela, se sintió dolido por el hecho de que Gelmírez convocara un Concilio en Santiago, creyendo que con ello menoscababa los derechos que compartía con éste, ya que ambos eran legados de la Santa Iglesia y vicarios del romano pontífice. Esta disputa de poderes e influencias condujo a un reto epistolar, y quedó zanjada en el Concilio de Compostela, donde Gelmírez triunfó con el beneplácito del Santo Padre. Por estas fechas, otra contienda seguía su curso, aunque no por medio de palabras, sino en los filos de un mandoble guerrero.
Años antes, doña Urraca se había casado con Alfonso el Batallador, rey de de Aragón y de Navarra, pero bien pronto el matrimonio quedó roto, encabezando cada cónyuge facciones enfrentadas. Dentro de la lid, el conde de Traba decidió que Alfonso VII, el muy querido hijo de Urraca, debía ser coronado rey de una Galicia independiente. Gelmírez apoyó esta decisión y se puso del lado de Urraca. Tras múltiples peripecias, Alfonso VII fue coronado en Santiago de Compostela el 17 de septiembre de 1111. Frente a los ataques de Alfonso el Batallador y las ambiciones de Urraca, Gelmírez usó a Alfonso VII en provecho propio.
Con el tiempo, los enfrentamientos entre Gelmírez y Urraca no sólo fueron personales. El descontento de distintos estratos de la sociedad gallega benefició a las causas defendidas por la reina y el prelado, de suerte que la guerra civil abría un margen de nuevas posibilidades para configurar el poder galaico. Para precaver la independencia de Galicia, «vino doña Urraca a Galicia por la primavera de 1115 —escribe Fray José Campelo—, llegando a firmar con el prelado compostelano un nuevo pacto, por el que se obligaba a no causarle daño ni privarle del señorío, sin que conozcamos el recíproco de Gelmírez hacia la reina». Pese a que un año después el arzobispo y Urraca aprobaron otro pacto, llamado del Tambre, los combates continuaron en Compostela. Una hermandad o liga de ciudadanos se enfrentó al prelado y quiso a Urraca como directora de la conspiración. En 1117 regresó la reina a Santiago «para arreglar —según detalla Campelo—, por lo menos de un modo provisional, mediante un pacto valedero por tres años, las diferencias que le separaban de su hijo, del conde de Traba y de D. Diego Gelmírez». Este ambiente hostil llegó un punto de máxima intensidad: la catedral fue incendiada y los amotinados de Santiago cercaron a ambos personajes, ahora unidos por el nuevo convenio. Según narran las crónicas, Urraca hizo frente a los rebeldes mientras Gelmírez huía a cielo raso por los tejados, vestido como un mendigo.
«Pasados los tres años del plazo de validez del pacto de 1117 entre la reina y su hijo y los tutores de éste —añade Campelo—, doña Urraca lo declaró caducado, reclamando libertad de acción para exigir de los gallegos la prestación de juramentos contrarios a los que antes habían hecho a favor de su hijo». Gelmírez declinó apoyar a la dama, enfrentada de nuevo con los partidarios de su vástago. Al cabo, la reina viuda encarceló al obispo en 1121, en el castillo de Orcellón, no lejos de Carballino. Pero el encierro no gustó a las gentes del señorío. Es más: los compostelanos apoyaron al eclesiástico, en agradecimiento por su defensa durante el asedio de los almorávides.
A la muerte de doña Urraca en 1126, subió al trono real Alfonso VII. Con la ausencia de enemigos, redoblaron los tambores en honor de Gelmírez, resistente y, en definitiva, triunfador de una guerra que tuvo cierta substancia folletinesca, probablemente porque hubo en ella hazañas militares, amores extramaritales, crueldad, traiciones y muchas pretensiones descomedidas.