En el gremio académico y aun literario, el padre López Ferreiro (1837-1910) sale a relucir casi siempre que se comentan la historia o el arte de Compostela. Muy amante de las cosas de su tierra natal, creó la revista Galicia Histórica y dedicó medio centenar de libros a la materia galaica. Tan copiosa bibliografía impide una equitativa selección, aunque tienten al lector en mayor grado títulos como Fueros municipales de Santiago y de su tierra y la magistral Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago de Compostela (1898-1910), encargada por el Cabildo y presentada en once volúmenes y buena cantidad de apéndices. «Vivió para la historia —escribe Filgueira Valverde—, olvidada, y para el arte, desconocido y maltratado, de su ciudad. Escribió con amor, con fervor, apasionadamente, cum ira et cum studio. Llegó a saber como nadie la vida de su pueblo a través de los siglos y a revivirla, con las mismas palabras que en cada época se dirían en torno a cada suceso».
La lengua gallega también fue de su predilección, y en ella compuso novelas como A tecedeira de Bonaval (1894), O cartelo de Pambre (1895) y O niño de Pombas (1895). La crítica no rescata con demasiado entusiasmo este juego de ficciones, tirando a deslucido si lo parangonamos con ensayos como los antedichos. No obstante, es cierto que fue un pionero en este margen de la literatura local.
El tradicionalismo del personaje llama la atención de Torrente Ballester, quien, no obstante, lo considera el gran historiador gallego: un estudioso con buena preparación teológica que fue mejorando sus técnicas de investigación historiográfica. Pero lo cierto es que el canónigo López Ferreiro identificó su horizonte político con el del carlismo. Lo hizo sin límites, apasionadamente, y eso conduce a Torrente hasta una piadosa conclusión: «Cuando se le estudia y se le juzga, se suele olvidar, bien olvidado, que profesó de reaccionario, que sostuvo doctrinas hoy inadmisibles. Resulta difícil explicárselo».