Los cronistas han repasado los legajos en torno al arquitecto Casas y Novoa. En personajes como él, la obra aflora siempre, y por eso las piedras talladas jalonan la exploración. Pero la anécdota personal —en fin: todo eso que satisface el gusto por el detalle— a veces tiende al eclipse, o a lo que los cinéfilos llaman fundido a negro. En este caso, los documentos acotan la vida del alarife a un periodo que nos lleva desde 1700 hasta 1749. Según se sabe, el aprendizaje de don Fernando tuvo su sitio en Galicia, como alumno y ayudante fiel de fray Gabriel de las Casas. Fue dicho maestro quien le dio papel, compás y escuadra para que mostrara su oficio en el claustro de la catedral de Lugo.
Apurando los recursos barrocos, optó por trazar en solitario los planos de la iglesia y convento de las Capuchinas en La Coruña (1715). Una década más tarde, se instaló en Santiago de Compostela, donde recibió plenamente el influjo de Domingo de Andrade.
Entre 1738 y 1749, puso a prueba su experiencia como autor de la fachada del Obradoiro, cuyo diseño pretendía servir de resguardo al Pórtico de la Gloria. Compuesta por dos cuerpos, adornan esta obra un templete con la imagen apostólica y dos torres: la torre de las Campanas, obra del antedicho Andrade, y la de la Carraca, con trazo del propio Casas y Novoa.