Descripciones admirativas y documentos de academia festejan las buenas artes de Arfe y Villafañe, un orfebre magistral que vino al mundo en torno a 1510 y que pereció siete décadas después. Respetuoso con las cuestiones de familia, don Antonio ingresó en el gremio de sus mayores. El prestigio, en este caso, ya le venía por vía genética, pues el fundador del clan no era otro que el germano Enrique de Arfe, cultivado en su Alemania natal y muy activo en España entre 1475 y 1545. La obra de don Enrique, por lo demás, no admite reproches en ese tránsito que lo llevó del Gótico al Renacimiento. Suyas son la custodia de la catedral leonesa (1516), la de San Benito de Sahagún, la de la catedral de Toledo (1515-1524) y la de la catedral de Córdoba (1518).
A imagen de su predecesor, el leonés Antonio de Arfe también enseñó los secretos del oficio a su vástago, el genial Juan de Arfe (1535-1603). Ese legado fue sin duda valioso porque don Antonio dominó el estilo renacentista. Así queda de manifiesto en la variedad de piezas litúrgicas que elaboró en su taller. Por ejemplo, la Custodia plateresca de la catedral de Santiago (1539), la de Santa María de Medina de Rioseco, y el llamado Templete de plata dorada que le encargaron las autoridades eclesiásticas de Badajoz.