Hombre docto y paciente, don Ángel María (1869-1930) eligió para conducir su vida dos saberes en los que las dos cualidades antes citadas le eran de suma utilidad: la filosofía y la teología. Atraído de este modo por la música de las esferas, inició un camino académico que conduce desde su Pontevedra natal hasta Compostela, la ciudad donde afinó sus teorías, halló nuevas dudas y al final se enfrentó con ese cuestionamiento radical que viene a ser la muerte. A la hora de estructurar su ideario, no conviene olvidar que Amor se ordenó sacerdote y resumió en dicho sacramento buena parte de su inquietud espiritual.
Su interés por las lenguas clásicas, en absoluto diletante, adquirió dimensiones inauditas; tanto es así que podemos caracterizar al personaje por el altísimo grado de erudición que alcanzó en este ámbito. Disconforme con el tomismo aristotélico, procuró discernir las cualidades epistemológicas del pensamiento de Santo Tomás. A grandes rasgos, la suya fue una visión filosófica acorde con los principios del humanismo cristiano, tal y como queda de manifiesto en los diez volúmenes que integran su obra magna, Los problemas fundamentales de la filosofía y del dogma (1900-1945). Los estudiosos destacan igualmente entregas anteriores, como De platonismo et aristotelismo in evolutione dogmatum (1898), y aun otros ensayos, de celebrada aparición en su tiempo, al estilo de Introducción a la ciencia del lenguaje.