A don Alfonso, coronado monarca de Asturias y León, lo apodaron el Casto, y con ese probo sobrenombre apuró su real existencia (759–842). De linaje antiguo y severa educación, el joven accedió al trono que heredó de su progenitor, Fruela I (722 –768). Sin duda alguna, el reinado de este último no fue del agrado popular; y aunque se enfrentó con éxito a caudillos musulmanes como Jusef y Abderramán, protagonizó episodios tan siniestros como el asesinato de su propio hermano, Bimaran. La muerte violenta de Fruela centró el interés político sobre sus hijos, Jimena y Alfonso, rey desde el año 791.
En las lides guerreras, el Casto siguió las huellas de su padre, y como él, usó la espada para ampliar sus territorios y fundar nuevos dominios. Instaló la Corte en la ciudad que tanto había amado Fruela: Oviedo. Las riquezas de Alfonso sirvieron para dar esplendor a esta villa, que ganó importancia política al mismo ritmo que aumentaba su hermosura arquitectónica.
En lo que a relaciones externas se refiere, sabemos que Alfonso II firmó diversos protocolos con el emperador Carlomagno. Antes de abdicar a favor de su primo don Ramiro, el rey hizo otro aporte de alcances cosmopolitas: la construcción de un templo en Compostela, donde fueron depositadas las recién descubiertas reliquias del Apóstol. Con ese gesto institucional, el monarca proclamaba a los cuatro vientos la importancia del hallazgo, prestando de pasada un claro fundamento a las primeras peregrinaciones jacobeas.