Todos los bosques guardan un secreto y en todas las cuevas se esconde un tesoro. Oportunamente, esta generalización queda comprobada a lo largo de la geografía gallega. La trama misma de numerosas leyendas lo confirma. En un nivel más sutil, atienden al mismo compromiso enigmático los huertos y caminos del valle del Sarela. En ese trecho prodigioso, a la vera de la ciudad, Ramón Otero Pedrayo halla un lugar para el descanso y la ensoñación: la finca y arboleda de San Lorenzo. Dichos terrenos eran propiedad de la casa ducal de Altamira, y recuerda don Ramón que tan noble familia restauró con retablos y sepulcros renacentistas el antiguo templo de los franciscanos. Por buscar y descubrir en este robledal una connotación literaria, menciona nuestro escritor que el bosque «está muy unido a los recuerdos del Santiago anterior a las revoluciones del xix y contemporáneo del Romanticismo». Con mayor ambición histórica, podemos retroceder aún más, hasta el siglo xiii, pues fue entonces cuando Martín Arias, prelado de Zamora, ordenó erigir el palacio de San Lorenzo.
Un detalle cabe añadir a la glosa de Otero Pedrayo, y es que los de la Casa de Altamira trajeron algunas alhajas y ornamentos desde el convento sevillano de San Francisco. Entre ellos, destaca un retablo de mármol de Carrara, tallado en el siglo xvi.