Los estudiosos de nuestra historia literaria conocen ese amplio género que se denomina comedias de santos, y entre cuyos ejemplos cabe citar el Códice de autos viejos, de autor anónimo, y la generosa Recopilación en metro (1554), de Diego Sánchez de Badajoz. Esta última obra incluye farsas de asunto sacro como las rotuladas Farsa de Santa Bárbara y Farsa de San Pedro, próximas en el tiempo a la pieza que hoy nos importa, la Comedia de Santa Susana, del dramaturgo canario Bartolomé Cairasco de Figueroa (1538-1610). El interés de dicho escritor por la materia hagiográfica queda demostrado a través de los cuatro volúmenes que, entre 1602 y 1615, completaron su Templo militante, triunfo de virtudes, festividades y vidas de santos. Pero el hecho verdaderamente singular es que su obra sobre Santa Susana aludía a una figura del santoral muy querida por los españoles. Y es que, cuando Cairasco firmó esta pieza, las reliquias de la santa reposaban ya en Compostela. La connotación, a poco que se estudie, tiene su importancia en este itinerario tan lleno de alusiones librescas.
El relicario de la santa había sido custodiado en Braga, pero Diego Gelmírez, con una clara intención simbólica, lo trajo hasta Santiago. El prelado consagró un templo dedicado a Susana en 1102, y ahí fueron depositados los restos de la piadosa mujer. Entiéndase que, hablando de reliquias medievales, nos movemos en el terreno de las creencias populares; un dominio donde lo verificable cede paso a otro tipo de certezas más sutiles.
La fábrica de aquella iglesia del siglo xii resistió el paso de los años, pero al cabo precisó cambios. Así lo advierte la cruz gótica que culmina el ápice de la nave. Al cabo, el templo tuvo que ser reconstruido entre los siglos xvii y xviii. La ventana y el acceso mantienen los rasgos del románico original, pero el resto del edificio traduce los gustos vigentes en la época de su remodelación.