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Santiago de Compostela

33. Colegiata de Santa María la Real de Sar

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Los investigadores del Románico tienen una obligada cita en la Catedral y asimismo en esta edificación de finales del siglo xii y comienzos del xiii, alzada muy cerca de los márgenes del río Sar bajo la advocación mariana. Paradojas de la arquitectura: el orgullo de su fábrica, doblegado por los años, por la orografía y por errores del alarife, requiere de un sostén poderoso. De ahí los arbotantes alzados entre los siglos xvii y xviii con el propósito de evitar la caída de los muros septentrionales. Con todo, esa inestabilidad se torna virtud, y muchos visitan el lugar para ver la inclinación de los muros y columnas interiores hacia las naves laterales.

El claustro románico y la pila bautismal del siglo xii dan fe de un viejo patrimonio que fue enriqueciéndose a partir del xvii. En principio, este lugar fue casa de retiro para los canónigos de la regla de San Agustín. Un dato de interés: fueron los canónigos agustinos quienes fomentaron la fundación de la Orden de Santiago en 1170. No está de más recordar a un soberbio caballero profeso de dicha orden, Quevedo, autor del Memorial por el Patronato de Santiago y por todos los Santos naturales de España, a favor de la elección de Cristo Nuestro Señor. Ahí acaba la digresión libresca, pues de inmediato sale al estrado Munio Alonso (Nuño Alfonso), quien fuera miembro del Cabildo, tesorero de la Catedral, colaborador estrecho del obispo Diego Gelmírez y coautor de la Historia Compostelana, muy citada en estas páginas. Entre 1112 y 1134, Alonso fue obispo de Mondoñedo. Luego retornó a Santiago con el propósito de fundar un monasterio agustino. A su muerte, ocurrida en 1136, el eclesiástico solicitó a Gelmírez que cumpliera con ese deseo. Así lo hizo el arzobispo: el 1 de septiembre de 1136 es la fecha que figura en el diploma fundacional, un documento cuyo texto fue confirmado por Alfonso VII el 20 de julio de 1137. A efectos arquitectónicos, el estilo elegido fue el instaurado por el Maestro Mateo.

Tras un periodo esplendoroso, con prebendas de toda especie, y luego de un prolongado declive que fue mitigado económica y artísticamente a lo largo del siglo xviii, la Colegiata de Santa María la Real de Sar se convirtió en parroquia de la Archidiócesis de Santiago. Ese cambio administrativo nos sitúa ya en el siglo xix. En 1895 el edificio pasó a formar parte del Patrimonio Nacional. En el año 2000, gracias a una iniciativa de la Xunta de Galicia, se promovió una renovación del Museo de Arte Sacro de la Colegiata, gracias a lo cual también los restauradores acreditaron su aptitud en las distintas estancias del recinto. De ese modo, este edificio medieval, singularizado por el ladeo de sus pilares, añadió a sus atractivos el discurso expositivo de un Museo donde se custodia, por ejemplo, el pergamino fundacional del templo, sellado por Gelmírez.

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