La memoria del Colegio de Fonseca revela en primer término cierto orgullo poético. «La airosa puerta de Fonseca, muda —escribe Rosalía de Castro—, / me mostró sus estatuas y relieves / primorosos, encanto del artista; / y del gran Hospital, la incomparable / obra del genio, ante mis tristes ojos / en el espacio dibujose altiva». Qué duda cabe: monumentos como éste enseñan a sentir la historia, a poseerla, a completar nuestra identidad apelando a los ancestros. En esta oportunidad, por otro lado, protagoniza el recuerdo un personaje difícilmente soslayable: Alonso III de Fonseca, quien deseó convertir su casona familiar en colegio renacentista, abierto a los saberes y a la pluralidad del espíritu.
Desde 1544 funcionó a modo de academia, sirviendo como sede a la Universidad Compostelana. En lo estilístico, el edificio simboliza ese mismo afán de los humanistas del xvi. Quienes trazaron los planos fueron Juan de Álava y Alonso de Covarrubias. Su trazado fue seguido entre 1522 y 1544 por los maestros constructores Alonso de Gontín y Jácome García. Dispone la fachada de dos cuerpos que resumen las virtudes del arte plateresco. De hecho, los intercolumnios y los nichos albergan estatuas que fomentan la teatralidad del conjunto. Así se advierte en mitad del frontispicio, ornamentado con el blasón de los Fonseca y con representaciones de los Doctores de la Iglesia.
En el interior, se abre un zaguán protegido por bóveda de crucería. Destaca igualmente el artesonado de la antigua Aula de Grados. El patio, de similar hermosura, está rematado con crestería y abarca una leyenda epigráfica, con diseño de Gil de Hontañón. Dejando aparte la capilla gótica, el espacio que más atrae a los visitantes es la Biblioteca Xeral da Universidade. Entre sus fondos bibliográficos, sobresale la llamada Biblioteca América, donada por don Gumersindo Busto.
En un dominio tan propicio al razonamiento y al estudio, lo oportuno es justamente la exaltación sentimental de la Compostela universitaria. Con el propósito de resumir esta idea, vale la pena recordar la lección que pronunció Alonso Zamora Vicente el 27 de abril de 1992, durante el acto inaugural del nuevo edificio de la Facultad de Filología. Feliz como orador en la Casa donde comenzó su trayecto universitario, don Alonso recordó los rasgos que adoptaba Santiago cuando él era un joven docente. Una de las señas más vivas en su memoria de aquella Compostela de los años cuarenta «es la penetración, tan visible, entre la vida de la ciudad y la de la Universidad». Costumbrismo y academia: las conversaciones en los cafés y la lectura de los Cancioneros gallego-portugueses en la Biblioteca del Arzobispo Lago. Y aún más: las miserias de la posguerra y las estrecheces provincianas ligadas a nuevas ilusiones, colmadas dificultosamente al cabo de los años. En todo caso, los tiempos cambiaron para mejor, y el mundo académico de la ciudad dejó muy atrás aquella etapa en que había «un profundo hiato entre las tareas propias de la Universidad, en las que brotaba un halo de temblorosa autenticidad, y el tejemaneje de las faramallas oficiales, plenas de improvisación, simpleza y vacuidad».