Es la experiencia jacobea lo que Dante recuerda en La vida nueva: «En sentido amplio —escribe— peregrino es todo aquel que está fuera de su patria; en sentido estricto, sólo es peregrino quien va hacia la casa de Santiago o vuelve de ella». Al decir del poeta, aquéllos que caminan para servir al Altísimo reciben tres nombres que conviene saber: «se les llama palmeros si van a ultramar, de donde muchas veces traen la palma; peregrinos, si van a Galicia, ya que Santiago fue sepultado más lejos de su patria que ningún otro apóstol; romeros, si van a Roma, que es adonde iban estos que llamo peregrinos». Peregrinos ilustres hubo muchos, pero por su exuberancia nos gusta fijarnos en uno que menciona el cronista escandinavo Sturla Jhórdarson en la Sturlunga Saga. En sus páginas, habla el sabio vikingo de un arquero que, una vez cumplido su peregrinaje, hincó sus rodillas ante la tumba de Santiago y le tendió ceremoniosamente una ofrenda traída desde el Mar del Norte: los colmillos de una morsa.
Esta anécdota, muy sugerente, merece ser citada frente a la fachada de San Miguel de Agros, cuyos feligreses solían enfervorizarse con las leyendas y cuentos del Camino. Poco queda del antiguo templo tras las reformas que sufrió en el siglo xviii. El erudito Caamaño nos conduce hasta una lápida sepulcral del siglo xiv, empotrada en el muro de la primera capilla del lado del evangelio. La fecha que refiere la lápida es 1374, y alude a la fundación de la capilla de San Isidro por Domingo Eanes y su esposa, María Fernández. Dejando a un lado este detalle, los méritos artísticos del edificio no son demasiados. Contigua a la capilla donde figura la mencionada lápida, hay una capilla gótica, donde Caamaño analiza la bóveda de crucería, cuyos nervios, de perfil triangular y compuestos a base de molduras cóncavas, reposan en ménsulas. En el exterior, Otero Pedrayo atiende a la ubicación general del templo: «Cerca de San Martín no pueden olvidarse la plaza frontera, la iglesia de San Miguel dos Agros, las calles cortas y grises —algunas, como la de Troya, muy nombradas— y más al norte las dos cuestas, vieja y nueva, pobres, inmediatas a puertas y caminos».