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Santiago de Compostela

19. Convento e Iglesia de San Agustín

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El desciframiento sentimental de Santiago representa una invitación nada frecuente a sumar elementos de orden literario a otros de naturaleza filosófica. Habrá notado el lector que en trances como éste, nadie mejor que Rosalía de Castro a la hora de expresar aquello que parece inexpresable. «Atrás quedaba —escribe— aquella calle adusta, / camino de los frailes y los muertos, / siempre vacía y misteriosa siempre, / con sus manchas de sombra gigantescas / y sus claros de luz, que hacen más triste / la soledad, y que los ojos hieren». Con lo anterior, queda sentada la premisa poética necesaria para acceder a un lugar tan lleno de matices como el recinto barroco de Santo Agostiño, en cuya fachada reencontramos a la Virgen de la Cerca, protagonista de nuestra visita a Belvís.

El Conde de Altamira sacó de su patrimonio los bienes precisos para acometer las obras en el siglo xvii. La intención del noble no era otra que apoyar a los frailes de la Orden de los Agustinos Calzados, a la sazón ocupantes del monasterio. Narran las crónicas el modo en que las políticas desamortizadoras motivaron la exclaustración del convento, hoy regido por los jesuitas y transformado en colegio mayor. No obstante, esas vicisitudes difícilmente pueden distraer al curioso de otro tipo de goce, motivado por las cualidades arquitectónicas del templo y el claustro que diseñó el maestro Fernández Lechuga. Poco rastro hay de las dos torres que originalmente trazaban los planos: una de ellas quedó inacabada y la otra se derrumbó a causa de un rayo que descargó sobre ella su eléctrica furia en 1788.

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