Los lectores de La lámpara maravillosa, de Valle-Inclán, se conducirán con ventaja a la hora de reinterpretar las imágenes del mundo en las fachadas compostelanas. Ese afán que el escritor llama vértigo de evocaciones cobra fuerza en la siguiente sentencia: el encanto de los tiempos pasados reside en la quietud con que aquél se representa en la memoria. De ahí que corresponda a Compostela el arcano de la inmortalidad. «De todas las rancias ciudades españolas —nos dice Valle-Inclán— la que parece inmovilizada en un sueño de granito, inmutable y eterno, es Santiago de Compostela. La ciudad de las conchas acendra su aroma piadoso como las rosas que en las estancias cerradas exhalan al marchitarse su más delicada fragancia».
Este es el misticismo que, por ejemplo, impregna las trazas del hospital y la iglesia de San Roque, unidos en sus barrocas fisuras. El edificio sanitario, alzado durante siglo xvi con el concurso de Gaspar de Arce, admitió severas reformas en el xviii. Los hagiógrafos explican por qué fue San Roque el elegido en la advocación, al asociarse a su amparo las reminiscencias de la Peste Negra.
La fachada renacentista del hospital enriquece escenográficamente —de nuevo, la teatralidad compostelana— el entorno de la iglesia barroca, cuya planta es rectangular. Un detalle a tener en cuenta: los visitantes recibirán en su interior las emociones de la historia y también impresiones estéticas tan poderosas como las que promueve el retablo de Simón Rodríguez.