Torrente Ballester conoce el eco de los Borbones y lo hace resonar (literariamente) en un tiempo alejado ya de los libros de caballerías: el siglo xviii, una nueva era fértil en la que don Bartolomé Rajoy, dadivoso de sus caudales, se dio cuenta de que la eternidad podía alcanzarse beneficiando a la Iglesia compostelana. Destinándolo a los niños del coro y a manera de Seminario de Confesores, ordenó alzar en 1766 ese palacio que lleva su nombre y que, según advierte el citado novelista, clausura por Occidente la Gran Plaza del Hospital: ésa que llamamos del Obradoiro. «Gusto neoclásico —escribe—, trazados los planos por Carlos Lemaur, francés de nación y estilo». En tiempos recientes, este antiguo seminario pasó a alojar dependencias municipales y autonómicas, reiterando así un uso administrativo que agradaría al fundador. La belleza, sin embargo, no se ha perdido con la burocracia. Bien lo saben quienes acceden al interior subiendo por la escalera rococó de Lemaur.
Más primores arquitectónicos: el palacio dispone de un magnífico frontispicio, donde el alarife ejerció a fondo su talento imaginario. El soportal, tan armonioso en su diseño, privilegia las líneas horizontales, que convergen en el frontón que rememora la batalla de Clavijo (1744), resuelto por José Gambino y José Ferreiro a partir de una idea de Gregorio Ferro. A este elemento lo realza aún más una estatua ecuestre del Apóstol, que promueve el linaje guerrero y admite el remodelado simbólico de la Reconquista.