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Santiago de Compostela

9. Monasterio e iglesia de San Pelayo

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El escritor moderno que mejor y más atinadamente ha reflejado los caracteres de San Paio, Payo o Pelayo de Antealtares fue don Ramón Otero Pedrayo, a quien sin duda fascinó este conjunto eclesiástico, uno de los más antiguos de Compostela. Situado a la vera de la Catedral, en la parte oriental de la Plaza de la Quintana, hunde sus cimientos el siglo ix y recorre en su alzado los siglos xvii y xviii. Para admirar las hechuras arquitectónicas del edificio, don Ramón se sitúa en el punto donde este antiguo monasterio de religiosas benedictinas cierra la mencionada plaza. Ahí, frente al tumulto ordenado de la cabecera catedralicia, se concreta la envergadura del muro monástico, «alto, largo, impasible, extraño a la historia, sólo susceptible a la luz y a la sombra y a la caricia o la nostalgia del llover», taladrado en lo alto por cuarenta y ocho ventanas, «enrejadas en dos filas que acusan con mayor energía la soledad del muro».

Hasta las paredes de granito suelen estar animadas, en la ruta compostelana, por un soplo histórico lleno de curiosos reflejos. Véase el caso de este monasterio, inaugurado allá por el siglo ix gracias al monarca Alfonso II. Sus primeros habitantes fueron doce benedictinos, consagrados a la adoración del sepulcro apostólico. En 1499 las monjas de clausura se instalaron en el mismo espacio, sustituyendo a la comunidad masculina por efecto de la reforma de Cisneros. El tiempo, escasamente piadoso con la arquitectura, erosionó aquella vieja estructura, remodelada por necesidad entre los siglos xvii y xviii. Pero no acaban ahí las connotaciones históricas. Así, en el muro que da a la Plaza de la Quintana figura una lápida que rememora la actividad patriótica del Batallón Literario, creado por estudiantes que deseaban defender a la ciudad del invasor napoleónico.

El mártir bajo cuya advocación se erige el convento, San Pelayo, preside la fachada y nos recuerda los versos que Fermín Bouza-Brey le dedicó. Al igual que otros templos de la misma época y naturaleza, la iglesia monástica (1707) tiene planta de cruz griega, de acuerdo con el trazado original de Fray Gabriel de las Casas y Pedro García, y dispone además de un magnífico retablo. Visita obligada dentro de este dominio es el Museo de Arte Sacro, donde cabe admirar el primitivo altar alzado sobre el sepulcro del Apóstol por sus discípulos, el relicario de plata que sirve para custodiar el brazo de San Pelayo, un Cristo del siglo xiii que ornamentó la primitiva iglesia románica y un ejemplar de la Regla de San Benito fechado en 1610.

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