Por mucho que las guías de viaje y los manuales fotográficos nos hayan familiarizado con la Compostela monumental, lo cierto es que la sensación que el viajero experimenta al encontrarse frente al pórtico de un templo barroco, en el claustro neoclásico de una colegiata, o a la vera de un monasterio románico, resulta casi tan inefable como original. Reiteradamente, hemos echado mano de la literatura para manifestar ese sentimiento denso y enriquecedor que promueven los viejos edificios de Santiago. El caso que ahora nos ocupa no será la excepción a tal regla.
Hemos vuelto en más de una ocasión al Convento de las Mercedarias Descalzas, decididos a comprobar su historia grabada en la piedra. El sepulcro del arzobispo Girón, ubicado en la iglesia, es la huella definitiva —el adiós supremo— del hombre que fundó el monasterio en 1671. Las devociones principales de la casa se advierten en la fachada conventual, dividida en dos cuerpos que enmarcan unas pilastras corintias. En dicho frontispicio, descubrimos el relieve de la Anunciación que cinceló con espíritu barroco Mateo de Prado, en 1674.
El templo, fechado en 1673, tuvo como artífice a Diego Romay. Su organización es canónica: una sola nave con planta de cruz latina y una enorme cúpula que remata el centro del crucero. Los feligreses actuales parecen conservar la veneración por esa imagen de Nuestra Señora de la Merced que aportó el escultor José Ferreiro.
Más arriba hablábamos de consideraciones literarias. Entre todos los poetas gallegos, ninguno ha reflejado las rápidas alegrías, los temores y también las angustias propias de la ciudad como Rosalía. Ésa es la razón por la que leemos unos versos que reflejan a la perfección cierta inquietud que nos invade al dejar atrás el convento. Ante la perspectiva del alejamiento, hay una melancolía que ondula y comienza a ascender. Todo se hace espeso bajo la llovizna. «Soplo mortal —escribe nuestra poetisa— creyérase que había / dejado el mundo sin piedad desierto, / convirtiendo en sepulcro a Compostela. / Que en la santa ciudad, grave y vetusta, / no hay rumores que turben importunos / la paz ansiada en la apacible siesta».