A veces, un personaje ilustre permite distinguir la importancia social de un determinado monumento. En el caso que acá nos ocupa, es el dramaturgo y poeta pontevedrés Ramón Cabanillas Enríquez (1876-1959) quien distingue con sus elogios al conjunto monumental de San Martín (San Martiño) Pinario. Ligado al movimiento agrarista y a las Irmandades da Fala, Cabanillas adquirió importancia dentro del galleguismo. En el plano intelectual, se distinguió como miembro de número de diversas instituciones; a saber: el Seminario de Estudios Gallegos, la Real Academia Galega y la Real Academia Española. Pero buena parte de los conocimientos que justificaron tales honores tiene una razón académica, y ésta no es otra que los saberes clásicos que adquirió don Ramón en el Seminario de San Martín Pinario, entre 1889 y 1893. No extraña, pues, su estricto apego al recinto que visitamos en estas líneas.
A tratarse de un dominio monumental muy extendido en el tiempo, San Martín Pinario resume en sus distintos rincones toda la estilística compostelana. Así, los cimientos del templo acabaron de afirmarse en el siglo xv. El monasterio halló acomodo urbanístico en la Plaza de la Inmaculada, y en él se alojaron los benedictinos que, tras el descubrimiento del sepulcro apostólico, habitaron en el Pignario, no lejos de la Corticela. Desde 1494 el monasterio fue gestionado por la congregación benedictina de Valladolid, y ello acrecentó los fondos precisos para mejorar la sede, recibidos a través de treinta y dos monasterios. En adelante, nuevos segmentos añadieron grandeza al edificio. Por ejemplo, el soberbio frontispicio de la fachada de Fray Gabriel de las Casas, rematado con una peineta por su discípulo, Casas y Novoa, responsable asimismo de la finalización del claustro de la Portería; la escalera de fines del xvii, tendida al fondo del claustro y ornamentada con una colección de estatuas de aire indiano; la iglesia, típica del xvi, erigida según el criterio de Mateo López; o la original escalinata barroca que lleva a esa fachada eclesial. Detalles, en fin, de un conjunto grandioso, cuya intención es formar parte de los símbolos perdurables de la ciudad.
A tono con la estética de la Contrarreforma, el monasterio está proyectado con sobriedad. Su fachada, divisible en tres partes a partir del un eje central que señalan dos lienzos de cuatro alturas, crece con la torre de cinco cuerpos. En la portada, las columnas dóricas honran a la imagen de San Bieito.
En todo caso, hay en San Martín algo de exageración barroca, una demasía que se demuestra particularmente en el retablo que Casas y Novoa creó para la iglesia y que elaboraron, entre 1733 y 1742, los operarios del escultor Miguel de Romay. Por su parte, dicha iglesia tiene planta de cruz latina, dispone de tres naves en el brazo principal y de una en el transversal, todas ellas jalonadas por una tribuna. La verdadera fortuna del templo consiste en haber implicado en su construcción a los principales alarifes de Compostela. Como ya dijimos, Mateo López realizó las trazas en 1597 y Domingo de Andrade enmendó algún que otro detalle. Tras su estela, Bartolomé Fernández Lechuga dio forma a la cúpula nervada, ideó el formidable claustro —junto a las tullas o graneros del monasterio— y consolidó el interior. Para no romper este hilo arquitectónico, José de la Peña y Toro, maestro de obras de la Catedral, reedificó el templo en 1652 aplicándose con especial cuidado a las tareas de contención. Embellecieron definitivamente este edificio fray Tomás Alonso y el antes citado fray Gabriel de las Casas, cuyos aportes son tan variados como notables.
En lo que concierne a la ornamentación, la iglesia de San Martín Pinario se presta para expresar con elegancia los estilos que también atañen a la Catedral. Dispone de una fachada plateresca, en torno a la cual se despliegan los detalles hagiográficos. En mitad del plano, bendicen al feligrés la Virgen, San Bieito y San Bernardo, y en el frontón de la portada, San Martín aparece con ademán caritativo. La escalera de acceso, obra de Fray Plácido Camiña, introduce al visitante en ese trazado interior repleto de vigorosos ornamentos: por ejemplo, la sillería del coro, elaborada por Mateo de Prado, y los retablos de San Bieito y de la Virgen Inglesa, que se suman a los del Socorro, Santa Escolástica, Santa Gertrudis y el Cristo de la Paciencia.