No hay más que llegar a la plaza del Obradoiro para ver hasta dónde llega la intensidad artística y poética de Compostela. Casi podemos imaginarnos en este dominio como aquel peregrino que describió Alejo Carpentier: próximos a la santa basílica, extrañamente solos en una ciudad de romeros, vistiendo la esclavina de las conchas, afincando el bordón en la piedra gris del andén. Esta fantasía, este poder fascinador no cede al realismo frente a la entrada del Colegio de San Jerónimo (San Xerome), donde la historia de la ciudad palpita vertiginosamente.
La planta esconde bajo sus piedras una larga crónica. Antaño el colegio tuvo su sede en el Estudio Vello, un centro académico que el arzobispo Alonso III de Fonseca abrió a los estudiantes pobres. Tiempo después, los hermanos benedictinos de San Martín Pinario adquirieron el Estudio con el fin de añadir estancias a su monasterio, y ello forzó la construcción de una nueva sede colegial en la Plaza del Obradoiro. Dos detalles nos traen la memoria de ese avatar: la portada románico-gótica que perteneció al Estudio, presidida por el escudo de Fonseca; y la Virgen con el Niño, en mitad de la arquivolta, como protagonistas de un despliegue hagiográfico que tiene otro centro de interés en el tímpano, donde reposa una imagen de la Inmaculada.
Para mantener la tradición académica del lugar, el Rectorado de la Universidad abrió acá sus oficinas. Inspirado por la fachada del colegio, Otero Pedrayo alabó la profesión y reglas universitarias en el senado de la plaza. Al decir del escritor, la mencionada fachada no es de gran riqueza, pero resulta honrosa, y acrecienta esa dignidad el «precioso pórtico románico —con su apostolado, sus apretados y no confusos simbolismos— traído de otro edificio y gracias a cuya genuina expresión no queda fuera del ámbito de la insigne plaza el gusto del xii o del xiii gallegos».