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Santiago de Compostela

6. Palacio de Gelmírez

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Lo que convierte en admirable al Palacio de Gelmírez no es sólo su traza. También su disposición en el entorno lo ennoblece. Situado al norte de la Catedral, queda impregnado por la magnificencia de ésta. Como indica su nombre, ordenó su alzado el arzobispo Diego Gelmírez, quien deseaba una nueva sede episcopal. Las obras comenzaron en 1120, y su prolongación abarcó varias centurias. Los primeros cambios arquitectónicos llegaron al pazo gracias a don Juan Arias, allá por el siglo xiii. No fueron las únicas enmiendas. Con diverso fin, añadieron nuevas modificaciones Lope de Mendoza en el siglo xi y Fonseca en el xvi. No obstante, pese al trasiego de estilos que implica esta reelaboración, el edificio conserva un espíritu común, una armonía casi inefable que nos conduce al pensamiento de Valle-Inclán. Al decir del escritor, Compostela, inmovilizada por el éxtasis de los peregrinos, reúne todas sus piedras en una sola evocación, de modo que la cadena de siglos tiene siempre en sus ecos idéntica resonancia. «En esta ciudad petrificada —escribe en La lámpara maravillosa— huye la idea del Tiempo. No parece antigua, sino eterna. Tiene la soledad, la tristeza y la fuerza de una montaña». Lo mismo vale para el palacio que comentamos: aunque dotado de diversos síntomas estilísticos, rinde tributo a una identidad que escapa del calendario.

Los estratos constructivos merecen atención. Así, la nueva planta que añadieron en el siglo xviii se superpone a los dos pisos del palacio original; y el frontispicio realizado en esa época se solapa sobre el pórtico románico. Es sabido que cada renuevo implica la ocultación de un detalle o el escamoteo de un adorno. Sólo los pazos más recientes, como el de Santa Cruz, diseñado en el xix por Fernando Domínguez y Romay, escapan de esta virtud acumulativa, fruto de razonables reformas.

Cambiemos al escenario interior. La cocina medieval figura en el segundo piso, en el que llama también la atención el Salón Sinodal. Dicha estancia, anclada en el siglo xiii, dispone de una bóveda de crucería que cuenta con una peculiaridad añadida: las ménsulas que sostienen los nervios de sus arcos están ilustradas con imágenes de un banquete medieval.

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