A contrapelo del oscurantismo, que se afirma en todas las épocas, la saga de los Fonseca forjó algunas de las virtudes que han hecho de Santiago una capital del arte y el saber. El impulso de Alonso III de Fonseca, por ejemplo, encaja en la parte más luminosa de la historia local. Dice Torrente Ballester que ese impulso «altera, no sólo la fisonomía física, sino la espiritual de Compostela. Es un centro religioso, pero también un centro intelectual. Hay, ciertamente, en la ciudad una larga tradición volcada a la teología y a la filosofía, pero, después del último Fonseca, se resume en fundaciones de tipo universitario». Esta fe en la oración y en los servicios de la academia conjuga la identidad compostelana de tal modo que es imposible recorrer la ciudad sin descubrir la huella del arzobispo.
Tal es el sentimiento que invade a quienes visitan esta casona renacentista de mediados del siglo xvi. Ideada por Rodrigo Gil de Hontañón, la fábrica sufrió reformas que alteraron el planteamiento original. De ahí que despierte mayor interés la planta baja, menos sometida a enmiendas. La conforman cuatro arcadas de patrón renacentista. Allí donde los arcos se funden hay hermosos medallones, y en los laterales, dos tritones defienden su fuerza alegórica soportando el blasón de la familia Fonseca. No en vano, gracias a símbolos como éste se construye la identidad urbana.