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Santiago de Compostela

31. Pazo de Feijoo

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Refinado arquitecto, de vasta producción, Domingo de Andrade hizo caso al encargo del canónigo don Juan Antonio Somoza y delineó las trazas de este palacio, en cuya fábrica quiso volcar los ideales constructivos que le dieron renombre allá por el siglo xviii. De ahí esa impresión de grandeza barroca que se concreta en el vestíbulo y la escalinata. Desde luego, en un espacio tan noblemente diseñado cuesta entender el juicio de Roberto Arlt, quien consideró a Compostela una fortaleza de la desesperación, donde la ausencia de la alegría es sinónimo de un anticipo de la muerte. «No se vive en Santiago —escribe—, se perece. Agoniza el alma frente a estas murallas de bloques grises, amarillentos otros, oscuros en mosaico de antigüedad y acabamiento». La opinión del genial argentino, sin rubor, se ofrece aquí a la discusión.

Otros ejemplos del barroco compostelano sirven para discutir el juicio de Arlt. Tal es el caso del Pazo de Fondevila, ideado en el xviii por Clemente Fernández Sarela. Detalles como el frontón circular, las ventanas enmarcadas y los balcones volados alcanzan aquí la suprema posibilidad ornamental, desprecian la monotonía y rescatan el más luminoso pretérito de la ciudad.

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